Un perro en una maleta

Sus vecinos se iban de vacaciones y le pidieron un favor. Su perro, Bruno, un viejo labrador de catorce años y treinta kilos, se encontraba enfermo y necesitaba que alguien estuviera pendiente de él. Medicarle, darle agua, comida y mimos. Jacqueline, que desde que se instaló en el edificio hacía ya 3 años había cogido cariño al perro, no dudó en aceptar. Y como a Bruno le costaba moverse, decidieron que lo mejor era que “Jacqui” se trasladara de apartamento y durante una semana viviera en casa de sus vecinos. No era incómodo, ya que si necesitaba algo solo tendría que cruzar el rellano, así que se instaló con el perro.

Los dos primeros días transcurrieron con normalidad. Incluso parecía que Bruno estaba más activo. Andaba más de tres metros sin pararse a descansar, había ladrado un par de veces al periquito que tenían en la cocina para que se callase, y tenía más apetito del que acostumbraba. Por eso a Jacqueline se le cayó el alma a los pies cuando la mañana del tercer día se lo encontró muerto. Acurrucado enfrente del televisor, donde la noche anterior habían visto juntos Marley&Me, yacía sin vida el pobre labrador, con la cabeza metida entre las patas delanteras. La joven no tardó en llamar a sus dueños para comunicarles la noticia. Tras una breve llorera y muy receptivos, dado que se lo esperaban, le pidieron a la chica un último favor: que lo llevara al veterinario.

“¿Qué estoy haciendo?”, iba pensando Jacqueline, mientras arrastraba una pesada maleta por las calles de París de camino al metro. Su cabeza daba vueltas. Aquello parecía una locura. Pero, ¿Cómo si no iba a transportar un labrador de 30 kilos? No tenía coche, ni nadie que le pudiera llevar, y la carrera de un taxi desde su casa al veterinario le podía dejar sin comer una semana. Era su única opción. Al fin, tras un largo recorrido, sudando y con mucho esfuerzo, consiguió llegar a la boca de un metro parisino que carece de escaleras mecánicas y ascensor.

–       Disculpe señorita, ¿necesita ayuda con la maleta?

–       Ah pues sí, muy amable gracias.

–       ¡Madre mía! Pesa como un muerto.

–       Jeje (eehh).

–       ¿Y qué llevas dentro si se puede saber?

–       (Piensa rápido Jacqui, piensa rápido) Material informático.

–       Entiendo

Todo lo que viene a continuación pasó muy deprisa. El metro llegó al andén, y el amable señor echó a correr escaleras abajo con la maleta, consiguiendo meterse en el vagón justo antes de que se cerrasen las puertas. La pobre Jacqueline no pudo reaccionar. Se quedó clavada en las escaleras mirando cómo aquel hombre desaparecía en la oscuridad del túnel con Bruno. Permaneció en silencio, petrificada, reflexionando sobre lo que había ocurrido. Pensando en cómo les iba a explicar a los dueños del perro lo acontecido. E imaginando la cara del amable señor al llegar a su casa, abrir la maleta, y descubrir lo que en realidad había en ella.

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