No te mueras nunca, Walter White

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Llevo veinte minutos de capítulo. Y entonces, le doy al pause. Necesito concienciarme. Carpe Diem. Tempus Fugit. Ahora más que nunca. Un momento de reflexión para entender que esto acaba, que tengo que disfrutarlo. Que estoy ante el final de una obra de arte. Una obra maestra que perdurará siempre, pero que lamentablemente una vez vista, contemplada y admirada por primera vez, ya no será lo mismo. Echo la vista atrás y encuentro el momento en que me recomiendan una serie que se ha ganado a pulso todos los elogios, cada vez mayores, que ha ido recibiendo con el paso del tiempo. Una serie que cuida cada detalle, una serie en la que cada plano es un cuadro pintado por Turner y rematado por Renoir. Una serie en la que cada actuación es una oda a lo que es una representación de verdad, ya sea el personaje más importante o el panadero que le entrega el pan. Una serie en la que todo tiene sentido, porque hay un guión escrito, finamente hilado y genialmente encajado, que no ha sido estropeado como muchos otros por alargarlo más de lo necesario con el único fin de ganar más dinero.  Una serie que demuestra que el mejor cine no tiene por qué verse en la gran pantalla.

Llevo veinte minutos de capítulo. Y entonces, le doy al play. Ya estoy preparado. Ante mí, en la pantalla del ordenador, está el penúltimo capítulo de esa serie que no quiero dejar de ver porque es maravillosa, pero que quiero dejar de ver porque no quiero que se termine nunca. Ante mí, en la pantalla del ordenador, se encuentra el penúltimo fragmento que completará ese diamante en bruto llamado Breaking Bad… Ante mí, en la pantalla del ordenador, simplemente Walter White. Larga vida a Walter White.

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El día en que El Gran Wyoming me salvó la vida

Me encontraba bañándome en las frías aguas de Zahara de los Atunes, Cádiz, donde solía veranear frecuentemente con mi familia hace ya bastantes años. Como de costumbre, intentaba coger las grandes olas que se levantan en el Atlántico, a veces con éxito, a veces sin él. Cuando de pronto, dejé de dar pie, y una resaca marítima me empezó a arrastrar mar a dentro. Yo, que por aquel entonces no era el muchacho fuerte y valiente que soy ahora, sino más bien todo lo contrario, entré en pánico. Mi padre, que andaba por ahí, acudió al rescate al oír mis gritos de auxilio. Llegó hasta donde yo estaba, y se encontró con que él tampoco daba pie. Se había creado una especie de fosa profunda de la que era complicado escapar. Me agarró e intentó nadar conmigo, pero la corriente era muy fuerte y por mucho que nadara era imposible salir. Nuestras vidas parecían llegar a su fin…

“¡Chechu! ¡Chechu!”, oí gritar a mi padre. Chechu era un viejo amigo de mi progenitor, del grupo con el que salía en su juventud por El Escorial, y con el que habíamos coincidido en más de una ocasión en estas tierras gaditanas. “¡Chechu! ¡Chechu!”. Los gritos de socorro parecían cada vez más lejanos, mientras mi destino me arrastraba hacia lo más profundo del océano. Una paz interior me envolvió en lo que eran mis últimos instantes de vida, y la luz del sol, cálida y hermosa, parecía querer acompañarme en mi travesía hacia el más allá. Entonces, la luz se disipó, ocultándose tras una sombra surgida en la superficie que estiró los brazos, me agarró, y me sacó de allí con vida. Era Chechu, que había respondido a la llamada salvándome de un ahogamiento inminente, y devolviéndome a brazos de mi padre, quien sin tener que cargar con mi peso había conseguido escapar de la resaca.

Y esa fue una de las pocas experiencias cercanas a la muerte que he tenido a lo largo de mi vida. Si hoy puedo escribir esto, es gracias a ese viejo amigo de mi padre, al que desde joven su familia y amigos llaman Chechu, y al que la mayoría de la gente conoce desde hace ya muchos años por su nombre artístico: El Gran Wyoming.

Nivel de veracidad: 10/10

Nivel de exageración: 8/10

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El Gran Wyoming. Médico, Cómico, Cantante… Héroe