Gordo de mente, o cómo descubrir que eres obeso sin mirarte en el espejo

           Yo antes era una persona delgada. Demasiado delgada incluso. Un tipo fino. Mis abuelas me cebaban a bollos, sí, es cierto. Y yo los comía con gusto, también es cierto. Pero hacía bastante deporte e iba a todas partes andando, con lo cual me mantenía en forma.

Luego llegó la universidad, me compré una moto para ir de puerta a puerta y empecé a hacer menos deporte, y aunque mis abuelas ya no me compraban bollos eso a mi me daba igual. Me los compraba yo solito. Y me los comía, también yo solito. Pero no sé por qué seguía sin ser gordo. Mi madre me decía que tenía la constitución de mi padre, que podía comer lo que quisiera y no engordar. Maldita zorra mentirosa.

Llegó el Erasmus en Lille, una ciudad con más Kebabs que habitantes, y tiendas de gofres en cada esquina. Y encima descubrí el puto Lidl y sus ofertas casi regalando kínder buenos, m&m’s, tabletas de chocolate, golosinas… Claro así pasaba que abría mi despensa y caían gofres. Literal. Con Bélgica al lado las cervezas no faltaban, y encima los putos franceses solo venden pintas. Total que un desastre. Cambié el hacer poco deporte por hacer cero deporte y así fue como empezó a crecerme un abdominal de seis meses de gestación. “Ya adelgazaré cuando se termine el Erasmus”. Los cojones.

“Aii mi pobre niño que mal ha estado comiendo allí en Francia, verás la comidita casera más rica y sana que te hacemos aquí”. Toma cacerola de cocido. Y toma puchero de lentejas. Y toma solomillo. Y toma otro solomillo. Y así sin darme cuenta llegaron las navidades y mi amigo el señor abdominal ahí seguía. Y aquí sigue. El otro día corrí dos metros exactos para coger el ascensor y acabé chorreando. Cuando subo las escaleras del garaje la fatiga me impide hablar. Y cuando me canso apoyo los brazos en mi barriguita. Le estoy cogiendo cariño y eso no me gusta.

Pero dejando el físico de lado, porque el físico no es lo importante, gentuza, cuando realmente me di cuenta de que era un gordo fue hace escasos veinte minutos.  Estaba mirando fotos del Erasmus en mi computadora y me fijé en la carpeta de mi visita a Bruselas, titulada “Bruselas” (genio). En ella tan solo hay ocho fotos. Ocho. 8. Las cuales voy a poner tal cual para que de verdad entendáis el porqué de mi preocupación.

1. Una fuente de chocolate con una pinta estupenda.

Imagen

2. Un video de mierda de la Grand Place de Bruselas, el cual no voy a subir porque carece de interés.

3. Réplica de gran tamaño del Manneken Pis (niño haciendo pis típico de la ciudad) comiendo un gofre, en la puerta de una gofrería.

Imagen

4. Dieciocho tipos de gofre expuestos en una tienda.

Imagen5. Yo comiendo un gofre de manera muy sensual, al lado del niño comedor de gofres.

Imagen

6. De nuevo yo al lado del niño, comiendo el gofre, y mirando la cámara la cual me comí después.

Imagen

7. El cartel del Delirium, bar popular de la ciudad.

Imagen

8. Un puesto de caracoles hervidos, que no comí.

Imagen

Y así es como descubrí que era un gordo mental.

Segunda visita al Manicomio abandonado de La Barranca: Presencias extrañas

Cuando nos llamó su madre no nos lo creíamos: Carlos llevaba diez días desaparecido. Desconsolada, primero nos culpó de haberle metido en la cabeza la idea de ir al manicomio, pero finalmente entre lágrimas nos pidió que le ayudásemos, que hiciésemos algo.

Nosotros no lo dudamos. Nos sentíamos culpables. Íbamos a ir con él pero no nos poníamos de acuerdo sobre la fecha y lo íbamos aplazando y aplazando. El pobre Gabisch tenía muchas ganas de verlo y un día de locura decidió irse solo. Algo le pasó que nunca volvió.

Éramos solo tres (Monxo, Monter y yo) los valientes que acudimos en su búsqueda, tras la rajada en el último momento de Elena (no nos pilló por sorpresa). Esta vez fuimos más previsores. Llevábamos dos linternas y dos cámaras, y hasta miramos el clima previsto aunque al final nos la sudó que dieran lluvia y niebla. El rescate de Gabisch no podía esperar.

Llegamos a la Barranca, dimos una vuelta por los alrededores, fuimos a comprar pilas para una de las linternas y también a echar gasolina para tener el depósito lleno en caso de necesidad de huida. Al final en lugar de pilas compramos bollos y patatas. Estábamos preparados.

Todo lo que ocurrió a partir de entonces es algo que no olvidaremos jamás. Ese manicomio es el infierno, en él habita Lucifer, y desde hace poco también Gabisch. El video que grabamos da fe de ello.

Primera visita al Hospital Psiquiátrico abandonado de la La Barranca: Niebla y reconocimiento

ImageLo teníamos pendiente y a pesar de la pereza, hoy jueves 2 de enero cogimos el coche y marchamos hacia Navacerrada. Faltaba Olmedo para que fuese un remember plan Arenal Sound, o lo que es lo mismo, ir a algún sitio sin ningún tipo de planificación y pagarlo caro después. A nadie se le ocurre ir de noche a un edificio abandonado en medio del monte y no llevar linterna. A nadie excepto a nosotros. En realidad sí la llevábamos, otra cosa es que funcionara. Tampoco se nos ocurrió mirar el tiempo. Por lo que una vez llegado a la sierra la lluvia y la niebla nos dieron la bienvenida. No se veía absolutamente nada y el paseo en coche resultó bastante peligroso. Evidentemente nos perdimos. Pero tras preguntar en una cafetería de al lado de una gasolinera, donde Ramón propuso volver a Madrid, conseguimos corregir el rumbo y llegar a La Barranca. Seguíamos metidos de lleno en una nube, por lo que la visibilidad era nula. Paramos un par de veces e intentamos grabar algo (teníamos una cámara cojonuda, nuestra única planificación), sin éxito, pues no había ni una luz y la visión nocturna de la cámara no sirve de mucho en espacios abiertos.

En una de las paradas tuvimos un susto. En una pradera sumergida en una nube, en medio de la oscuridad lo que parecía una señora miraba fijamente a algún punto lejano, sin moverse. Los ruidos causados por la lluvia, el viento y los árboles nos invitaron a regresar al coche y proseguir la marcha. Tras subir y subir lento pero seguros, convencidos de que jamás encontraríamos en esas condiciones el manicomio, nos topamos con lo que parecía una entrada a algún sitio. Las puertas estaban cerradas, pero un hueco en la parte inferior de la verja nos permitía el paso. No sabíamos si era el hospital y no veíamos nada. No había rastro de ningún edificio así que decidimos volver de nuevo al coche y seguir adelante.

De pronto, tras los árboles situados en el lado izquierdo de la estrecha carretera, tras la fina lluvia y la densa niebla, una sombra se alzó imponente. Era el Hospital Psiquiátrico abandonado de La Barranca. Paré el coche y nos quedamos mirando, anonadados, la esbelta silueta de aquel enorme edificio. Un escalofrío nos recorrió el cuerpo, a la par que sentimos una gran satisfacción por haber encontrado lo que buscábamos.

Conociendo ya la ubicación y la entrada, solo nos faltaba el equipo necesario, o al menos un par de buenas linternas y quizás algo más de compañía. Así que decidimos retornar a nuestros hogares y posponer la ansiada visita una semana. La siguiente será la definitiva. Nos morimos de ganas de conocer lo que en él se esconde.

Image

El día en que me topé con Bruce Willis

Bruce Willis es el puto amo. Lo lleva demostrando desde que comenzó a repartir hostias en Jungla de Cristal. Es aquel astronauta sacrificado que se cargó a Travolta mientras defecaba y que trataba de ayudar al pobre niño que veía muertos por las noches. Un tipo carismático al que es muy fácil coger cariño, tenga el papel que tenga. En definitiva y volviendo al punto inicial, que es el puto amo.

Imagen

Bruce Willis, un tío “chachi” (pinchar en chachi para ver vídeo)

A pesar de haber trabajado en multitud de películas de diversa índole, bien es cierto que al final cuando uno piensa en Bruce Willis lo relaciona con un tipo duro al que siempre querrías tener a tu lado para sentirte seguro (esto ha sonado un poco gay). Por eso he de decir que me acojoné un poco cuando aquella mañana de septiembre, mientras realizaba una serie de gestiones en mi sucursal bancaria, escuché al actor recitando una serie de números a mis espaldas como si de una cuenta atrás precediendo una explosión se tratara. En un principio dudé si tirarme al suelo y protegerme tras una mesa por lo que pudiera pasar. Pero al final le eché huevos y miré hacia atrás para ver qué tramaba el bueno de Bruce. En el banco tan solo había tres personas. Véase un señor banquero con su ordenador tecleando felizmente. Y otro señor banquero ateniendo a un hombre vestido de negro de rostro desconocido. Ni rastro del amigo Willis. Confundido, miré hacia delante como si no hubiera pasado nada, pero entonces le volví a escuchar. Era él, sin duda. “Por las mañanas veo Bruces Willises”, pensé, empezando a admitir que tenía un problema serio. Gracias a dios, el chico que me atendía debió ver mi cara de qué cojones está pasando aquí, y me lo explicó todo. Aquel hombre de negro era Ramón Langa, actor de doblaje de Bruce Willis. Problema resuelto. No estoy loco.

ImagenRamón Langa, la voz española de Bruce Willis