Crónica de un viaje a Barcelona

Me levanté como cualquier otro día de noviembre, con el sonido de las obras de la comunidad picando mis sueños mañaneros. Me duché, me puse un chándal lamentable, encendí el ordenador, ojeé los diferentes portales de empleo e hice todas las mierdas (mirar al techo, observar la pared, etc) que suelo hacer cada día de entre semana desde que volví de Manchester y se acabó el verano. Y entonces recibimos un whatsapp de Ramón en el grupo de “Apostar a galgos mola mazo” (sí, mola mazo), proponiendo un viaje, pues tenía que pillarse sí o sí los dos días de vacaciones que le quedaban antes de que terminase el mes. La idea inicial era visitar alguna ciudad de Europa, posiblemente a la que más barata fuese ir en avión, y salió a la palestra Amsterdam vía Rotterdam. Ramón, Ray, Monxo, Manxo, Román, Wake and Listen, Ipod Humano o como se le quiera llamar, tenía ganas de visitarla pero dado que nuestros supuestos acompañantes, Gabisch y Girón, habían estado recientemente, decidimos ir a Barcelona, que no la conocíamos o la conocíamos poco, y al fin y al cabo es otra de las grandes ciudades europeas. Gabisch y Girón se cayeron del plan por diferentes motivos intrascendentes, y se unió Jacobo Wolfe, un viejo conocido del 101 malagueño, quien tardó cinco segundos exactos en contestar positivamente a la invitación con un “Estoy dentrísimo”. El viaje estaba en marcha.

6 horas, 37 discos, 423 canciones

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Se inicia la aventura el jueves por la mañana, después de esperar (cómo no) a Ramón más de media hora (aunque esta vez con excusa), con un servidor al volante y Wolfe como copiloto. El punto de origen era el mismo que el del 101 (enfrente del portal de Javi Cárdenas) así que nada podía salir mal. El trayecto se desarrolló sin sobresaltos, con la típica parada a comer menuses, bocadillos, y en algún caso croquetas frías valoradas en 1.50 euros la unidad. A pesar de la insistencia inexplicable de Ray con entrar a Zaragoza, donde no sé qué pollas se le había perdido, conseguimos llegar a Barcelona sin demasiados apuros y encontrar el parking donde dejaríamos el coche los tres días sin ningún tipo de problema y sin usar el GPS. Bravo. De ahí al hostal pillamos el metro, por primera y última vez en el viaje, pues como luego contaré entre nosotros surgió un pequeño romance con los taxis de la Ciudad Condal. En definitiva, fue un trayecto sin altercados, donde lo más destacable fue sin ningún tipo de dudas la locura musical que tuvo lugar en el coche. No exagero si digo que no escuchamos ni una canción completa y que en las últimas horas es posible que ni siquiera una pasase del minuto. Discos entrando y saliendo, quejas, ventanas abiertas, ruido… En definitiva, una jodida locura. Llevábamos alrededor de 40 cd’s y no dejamos ni uno para la vuelta.

Primeras horas: judíos y suecas

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El hostal estaba de puta madre. Con una habitación espaciosa para nosotros solos, muchos baños muy limpios y modernos, salón, una preciosa terraza donde desayunar y observar a la vecina de turno, e incluso un ajedrez con el que revivir las míticas partidas Karpov-Kasparov solo que con un nivel un poco más alto. Lo primero que hicimos fue salir a buscar un sitio donde cenar y tomar algo, pero lo que acabó pasando fue que nos topamos con un señor aragonés que afirmaba llevar viviendo 40 años en Barcelona y no tener ni un solo amigo. Lo decía orgulloso, porque en palabras suyas, los catalanes “son como judíos”. Ahí queda eso. Tras media hora de compañía, de ver como nos dibujaba mapas inútiles en servilletas y de conocer a su mujer, a la cual maltrataba verbalmente, conseguimos zafarnos de él, por supuesto sin hacer ni caso a sus indicaciones. Después de preguntar a un par de chicos jóvenes en una tienda de comics, conseguimos llegar al barrio de Barna. Nos metimos en un bar que estaba completamente vacío a comer y beber algo, y nada más entrar se nos acoplaron dos suecas y una austriaca con las que compartimos mesa y a las que Ramón demostró que por saber sabe hasta de grupos suecos que no conocen ni en su país. Wake and Listen en estado puro. Tras ir de bar en bar practicando el inglés y conociendo a un montón de gente guay a la que no volveremos a ver, acabamos en la Plaza Real como cada noche a partir de entonces. Ahí decidimos que estábamos cansados y nos fuimos a dormir. En taxi, por supuesto. Sería el primero de muchos.

Turismo de mierda y el mejor puerta de la historia

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Al día siguiente nos levantamos con calma, sol y buen tiempo, así que tras un desayuno agradable por clima y vistas, salimos a dar un paseo por la ciudad. Lo primero que visitamos (tras un peligroso camino donde casi atropellan a Ramón por tercera vez en menos de veinticuatro horas) fue la Sagrada Familia, un edificio impresionante aunque demasiado tapado por las obras. Allí intentamos sin éxito una especie de selfie triple. Como habíamos paseado mucho (unos veinte minutos) nos entró el hambre, por lo que decidimos ir al buffet libre de Wok que teníamos cerca de casa, al lado del Arco del Triunfo. Por el camino surgió una idea que puede marcar un antes y un después de cara a los viajes venideros: las llamadas gili fotos, fotos sin ningún tipo de sentido, de cosas que carecen de interés.

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Nos hinchamos a comer en el Wok y repusimos fuerzas para visitar el parque de la Ciudadela y llegar hasta la playa. Tras recorrer el paseo marítimo encontramos el Casino al cual me negué a entrar, a pesar de la insistencia de los otros dos, y finalmente cogimos un taxi para ir un rato al hostal a descansar y a escuchar a Ramón no sé qué de un concierto de Mac Demarco y su crowd surfing. Por la noche quedamos con una de las suecas y sus amigos a celebrar el falso cumpleaños de Wolfe, por la misma zona del día anterior, y conocimos al mejor puerta de la historia: un tipo bajito y barbudo al que daba gusto ver expulsar e insultar a la gente y con el que pasamos un buen rato partiéndonos la polla con su humor absurdo y velocidad mental. En cierto momento de la noche me obligaron a coger otro taxi e ir al Casino. Paradójicamente, el único que no quería ir fue el que ganó dinero, que invertí en otro taxi de vuelta a casa. Cuando nos dejó enfrente del hostal, nos dimos cuenta de que teníamos hambre y cogimos ooootro taxi más en dirección al McDonalds que supuestamente abría 24 horas. Como estaba cerrado, el mismo taxista nos llevó a un bar nocturno lleno de niños del barrio Salamanca catalán, donde comimos unas hamburguesas riquísimas. Antes de entrar, por cierto, una chica que estaba siendo muy maja nos llamó “mandriles” y nos mandó a paseo incomprensiblemente cuando se enteró de que éramos madrileños. Para ser justos, he de decir que fue la única persona que tuvo problemas con eso. Los demás, majísimos todos. La noche acabó ahí, por supuesto con un nuevo taxi de camino al hostal.

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Sobre taxis, taxistas y la teoría de los dos mundos

Por qué cogimos tantos taxis en tres días se debe a dos razones. La primera de todas, porque nos costaba prácticamente lo mismo un taxi entre tres que un viaje de metro para cada uno. Como mucho uno o dos euros más entre todos. Es decir, que no es que seamos millonarios derrochadores (que también, pero que no es el motivo). La segunda, que los taxistas de Barcelona molan mucho. Muchísimo. El primero que cogimos, un sudamericano más o menos joven, nos contó que una vez una chica le pagó en carnes, en plan película porno, de esas que yo no veo pero que me han contado que pasan cosas de estas. Otro era muy aburrido pero iba medio borracho, lo cual resulta divertido de otro modo. Y otro, el más molón de todos, era un cachondo mental y tenía la teoría de que deberían existir dos mundos, o dos ciudades, o dos lo que sea, con el objetivo de separar a la gente normal de los imbéciles. Esto nos lo contó a raíz de un tipo que paró la furgoneta en medio de la calle para abrir el maletero y volverse a meter al instante. No recuerdo exactamente cómo nos lo explicó pero se veía que le había dedicado horas. O no, quien sabe. Eso sí, ninguno sabía encontrar la calle del hostal sin ayuda del GPS. En eso sí que ganan los taxistas “mandriles”, que diría la zorra esa.

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Sobre Pandas y Ladrones en la Rambla

El sábado se levantó lluvioso. Curioso, pues era el único día que estaba previsto sol (muy bien meteorólogos, muy bien). Habíamos pensado en ir al parque Güell, ese de Gaudí tan chulo, pero entre que llovía, estaba lejos y había que pagar 8 euros (para esto sí somos pobres), al final decidimos que era mejor verlo por fotos en Google. Lo que sí teníamos claro es que debíamos ver la Rambla, si es que no la habíamos visto ya, porque sinceramente no teníamos ni idea de donde estaba y nos daba mucha vergüenza preguntar. Primero nos recorrimos todo el barrio de Barna (de día), el barrio Gótico, Ciutat Vella y alrededores, todo calles estrechas y con encanto. Entramos en una tienda vintage donde a Ramón le dijeron que estaba muy guapo con una chaqueta así que no le quedó más remedio que comprársela. Aunque la verdad es que sí, está muy guapo. Y al salir de la zona paramos a comer un menú barato en un sitio con muy mala pinta de donde salimos con dolor de estómago. Pero como somos muchachos fuertes seguimos caminando con el objetivo de encontrar la famosa Rambla, objetivo que por supuesto logramos, porque somos unos campeones. La bajamos entera y descubrimos que sí, que ya habíamos estado la primera noche. Lo supimos por el McDonalds, como buenos gordos. Después de esto nos fuimos al hostal a descansar y por la noche quedamos con Inés, una madrileña pilarista muy loca que trabaja por allí. Fuimos a saludar a nuestro amigo el mejor puerta de la historia, y después un oso panda nos “regaló” infinidad de chupitos de Tequila y Jäger en un bar de señores mayores y camareros de bigotes extravagantes. Al fin fuimos a Razzmatazz (en taxi, obviamente) el sueño de Ramón y por lo visto de unas chicas canadienses, donde pinchaba el hermano de no sé qué tío famoso, pero no entramos porque valía 20 euros y porque no nos dejaron y porque no estábamos en las listas a pesar de que Wake and Listen trató de tirar de falsas influencias. Cogimos otro taxi para ir a no sé donde, donde tampoco entramos. Y otro taxi más para ir a comer perritos y bollos grasientos y cremosos. La noche acabó en la Rambla, a pesar de los consejos de no sé quien sobre no entrar en ella de madrugada porque te roban. Y efectivamente, nos robaron. Nos robaron la bolsa de Pelotazos que estaba engullendo cual tío obeso que trata de recuperar en un día los 6 kilos perdidos por la salmonelosis que acaba de padecer. Y además fueron unas niñas, posiblemente menores, que iban medio desnudas. Terrible final para la última noche en Barcelona. O eso creía hasta que en el taxi de camino a casa y vía Twitter surgió un affair con Andrea Wendel, en lo que puede ser el inicio de una bonita relación.

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El domingo nos levantamos tarde (se cagaron en nosotros los del check out) e iniciamos el camino de regreso a lo que cada uno llamara su hogar, por supuesto cogiendo el último taxi hasta el parking donde teníamos el coche. Esta vez el copiloto fue Ramón por lo que pudimos escuchar canciones enteras y por lo que el trayecto fue más aburrido que en la ida. Aunque quizás sea porque siempre da pena que se acabe un viaje así, en el que no hay planes previstos y en el que te rodea buena y divertida gente. Sí, supongo que será eso.

 Epílogo

La de un pirata es la vida mejor,

Se vive sin trabajar.

Cuando uno se muere,

Con una sirena,

Se queda en el fondo del mar.

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Con una lona azul