Al amor de mi vida (o uno de ellos)

Jamás olvidaré aquella noche de invierno. Era tarde y oscuro cuando salí del bar con unas pocas cervezas de más. Caminé sin rumbo hacia ninguna parte, con mi maleta, vacía, aún conmigo, y el ron y la ginebra como únicos compañeros de viaje. No esperaba encontrar nada, no esperaba sentir nada, al menos hasta llegar a aquel negro parque. Allí las estrellas aguardan, cada noche de la vida, a que alces la vista y quedes a solas con el mundo. El mundo tiene mucho que contar, y mucho que escuchar, aunque a veces parezca que no queramos enterarnos de nada. El mundo espera historias como la nuestra, en aquella noche de invierno tardío…

Andaba sin rumbo por Oxford Street cuando nos encontramos. Me estremecí al verte, como me pasa cada vez que topo contigo. Pocas veces te busco, casi siempre te encuentro. Porque estás ahí, esperándome, paciente, fiel, para dármelo todo. A veces lo cojo, otras simplemente te ignoro. Pero eso a ti te da igual. Ahí sigues, aguardando mi llegada con los brazos abiertos. Aquella noche no pude rechazarte. Sentí que te necesitaba, como tantas otras veces. Y me abalancé sobre ti. Y abusé de ti, a mi ritmo, exprimiéndote hasta que ya no pude más. Fueron veinte minutos intensos, veinte minutos en los que me olvidé de todo. Éramos solo tú y yo, nadie más. Veinte minutos de felicidad. Veinte minutos de amor, en su significado más profundo.

Pero como me pasa siempre, me harté de ti. Y una vez saciado, me marché, sin mirar atrás, sin despedirme, sin prometer volver, prometiendo ser la última vez, sin siquiera darte las gracias. Y aún así sé que cuando quiera allí estarás para mí, a pesar de mi egoísmo, a pesar de que no te merezco. Y por eso te escribo esta carta, amor mío, para que me perdones, y para darte las gracias. Gracias por ser como eres. Gracias por hacerme feliz. Gracias por alegrarme noches como la de aquel invierno tardío. Gracias por tu carne y tus patatas. Simplemente gracias.

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