Los necios se conjuran en verano (y el resto del año)

Todo comenzó en el SOS

El verano, en forma de previa, comenzó en el SOS, una buena excusa para visitar a mis buenos (y sexys) amigos murcianos de Lille. Desde Madrid me acompañaron José Lafuente (sí, el de la canción de Blue Trebols) y su grupo de niñas majas cuyos nombres me da pereza escribir pero a las que adoro. Siendo tantos y tratándose de un festival de música sobra decir que el fin de semana (largo, pues era puente) fue tremendamente divertido. Aperitivos con Estrella Levante y patatas al limón, barbacoas en casa Shooter y por supuesto música, mucha música. Como suele pasar en los festivales el cartel importa poco. Ves cualquier cosa y lo disfrutas. Como cabezas de cartel tocaban The National (bah) y Morrissey, un tipo que además de aburrir con su música prohibió comer carne durante su concierto. Por supuesto no lo vimos, porque además se solapaba con los Parrots, esos madrileños que convierten cada concierto en una locura y que me robaron una morena, como ya conté en la mejor web de música de la historia.

Chicos realmente atractivos, en el SOS

Chicos realmente atractivos, en el SOS

Y continuó en Gandía

Y en Gandía llegó oficialmente el primer fin de semana de playa del verano, en un improvisadísimo viaje a la casa del señor Gabisch. Nada más llegar Elena se puso enferma y se pasó los días en cama, mientras Ray, Gabes y el chico guapo que escribe esto nos dedicábamos la mayor parte del tiempo a jugar con una pelota multicolor ultra gay que compramos en Semana Santa y que se vuela con el menor de los vientos. Una pasada de pelota. Disfrutamos de gintonics en el chiringuito viendo la puesta de sol, comimos unos brownies en el Fosters y desayunamos la tortilla de patata más cara del mediterráneo en un bar de mierda. Una de las noches, en la cual Gabisch se quedó en casa haciendo que cuidaba a Elena, Ray y yo salimos como los más mejores amigos a no sé qué sitio sin importancia, y descubrimos con preocupación y asombro que el Jager apenas ya nos hace efecto. Volviendo a casa por la playa presenciamos como un señor gordo y calvo se ocultaba en la oscuridad para deleitarse con el amor que se daba una parejita en la arena. Y el gordo, calvo, enfermo, también se dio amor. Al lado de esto, las sesiones de prismáticos de Ramón desde la terraza de los Gabisch se quedaron en un juego de niños.

Gandía 2

En la playa

Burdeos, dunas, bicis y chicalvos

La siguiente parada fue Burdeos, en una larga y productiva visita a Granados, nuestro amigo o algo parecido de Publicidad y Relaciones Públicas. Lo pasamos maravillosamente bien a pesar de tener que cuidar de Chicalvo. Pero ya conté todo lo que tenía que contar en aquella crónica. No me hagáis escribir más.

Chicalvo

Chicalvo

Catamaranes en La Manga

Y tras Burdeos, La Manga. Por segundo año consecutivo nos reunimos los hermosos de Lille en la morada de José Villa, un ático con vistas a ambos mares en el cual te quedarías a vivir. Antes, eso sí, conocí su pequeña chabola de Murcia y a su querida Caipi. En La Manga gozamos del catamarán, con el que navegamos mañana y tarde y con el que pasamos algún que otro apuro. Primero en pleno mar por la inutilidad de la tripulación, y después en el mismo cabo, donde se nos escapó (alguno dirá que fue mi culpa, muy desacertadamente), y se dirigió directo a niños y ancianos que gozaban del agua hirviendo del Mar Menor. Como si se tratase de un tiburón acercándose a la orilla, el catamarán fue acelerando mientras las madres sacaban a sus hijos del agua y algún que otro curioso grababa la escena en video. Afortunadamente no pasó nada grave y quedó en anécdota. Una de las noches fuimos a la Trips, la discoteque de moda allí, recién reformada, muy chula, pero con seres de todas las edades. Demasiadas edades. A la vuelta Chuchi nos juró y perjuró que se encontraba en perfectas condiciones para conducir. Y pecó. Y el resto le dejamos pecar.

Con Carmensita, comiendo gofres.

Con Carmensita, comiendo gofres.

Un finde de relax

El fin de semana siguiente fue de agradecido descanso. Y qué mejor forma de reponer fuerzas que en el paraíso de Navacerrada. Allí me instalé con mi hermanito y Babitas a disfrutar de la piscina, el verde césped, el tenis y el Pro de los viejos tiempos, ese que nos robó consentidamente tantísimas horas de vida.

IMG_9834Un día visitamos a los Casado en Cercedilla, que nos invitaron a una barbacoa para rememorar tiempos lejanos. Eso sí, debido a su incapacidad para desplazarse en un radio mayor de 200 metros de su casa, nos quedamos sin jugar a la Farola, ese juego que nos distraía horas y horas de madrugada mientras nuestros padres se emborrachaban en el pueblo. Esa misma semana Chuchi y servidor recibimos en Madrid la visita de Juan Manuel, quien lo primero que nos dijo al vernos, con cara seria y voz de fucker fue: “Shooter ha vuelto”, pero con palabras obscenas.

Con Shooter y Chuchi, comiendo chococlacks

Con Shooter y Chuchi, comiendo chococlacks

Benidorm, Time for Heroes

Y tras la paz, el Low. Teníamos muchas ganas de ir a Benidorm, la Nueva York española, la ciudad donde los sueños se hacen realidad. Y allí nos fuimos Ray, Elena y el imbécil que escribe esto, a alojarnos en uno de los treinta y ocho hoteles que habíamos reservado para la ocasión. Fascinante. Elegimos bien, pues este tenía una azotea mágica con piscina donde cada día ocurren cosas extraordinarias. En ella vimos a parejas azotándose (sonido que recordaremos eternamente) y fui padre de adopción por unas horas. Estaba bastante cerca del recinto del festival, por lo que gracias a todos los dioses apenas tuvimos que movernos por la maravillosa ciudad de Benidorm, la envidia de toda capital europea.

Jugando con Juanito

Jugando con Juanito

Al Low Festival (el motivo de nuestro viaje a aquel inferno), acudimos fundamentalmente por ver a The Libertines, cuyo concierto fue una de las mayores locuras jamás vividas, con pogos de cientos de personas (muchos de ellos guiris veraneantes en la ciudad que aprovecharon para ver a sus compatriotas) que a priori pueden parecer inadecuados para las canciones del grupo británico. En medio de la marabunta nos encontramos cara a cara con los hermanos Flores, de Jack Knife, a los que cedimos uno de nuestros mil hoteles y a los que la tía más cachonda del festival reconoció emocionada. Puta fama. Fue más de hora y media de concierto, de saltos, golpes y vibrar con clasicazos como Time for Heroes, Music when the lights go out y Don’t Look Back into the sun, que cerró el espectáculo con esa intro maravillosa que podría escuchar en bucle toda la puta vida. The Libertines. Pete Doherty y Carl Barat. Juntos otra vez. Deleitándonos con esas canciones que sin saber por qué, te generan nostalgia y afloran sentimientos que no sabes de donde proceden. Saliendo del recinto, agradecidos por lo que habíamos vivido, nos dimos cuenta de que estábamos chorreando literalmente. Nunca en mi vida había sudado tanto ni nunca en mi vida sudaré igual. El bochorno de Benidorm, esa ciudad.

The Libertines

The Libertines

El día antes habíamos visto entre otros y de forma más relajada a Kasabian y sus mil temazos del FIFA, y de forma no tan relajada (ni tanto) a Perro, esos murcianos que ya tocaron en el SOS y que hacen que el público se divierta de lo lindo. Mención especial a su estrambótica Marlotina con la que cerraron el concierto, deleite de todo joven de los 80 y principios de los 90 que adore el fútbol. El domingo y último día de festival nos quedamos en el hotel viendo saltos de trampolín mientras tocaba Supersubmarina, el grupo que te encontrarás tocando hasta en el ascensor de tu casa de camino al séptimo. Pesaos, macho. Por ese motivo llegamos tarde y nos perdimos Foals, para muchos el concierto del Festival. Lástima. O no. El lunes nos despedimos entre lágrimas de Benidorm prometiendo volver, con los Libertines y el sonido de los azotes aún resonando en nuestras cabezas.

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Valeri Karpin y George Finidi.

Y dos años después… Arenal Sound

De festivales iba el verano así que tan sólo una semana después tocó ir al Arenal Sound. Los recuerdos de dos años antes aún estaban muy presentes en nuestras mentes en forma de campo de concentración. Dormir apenas dos horas al día. Despertarnos a las 9.11 de cada mañana y salir de la tienda en busca de oxígeno. Intentar dormir en la única sombra de Burriana al lado de un seto lleno de mierda donde la gente mea, caga y vomita cada noche, rodeados de moscas y con una botella de agua vacía como almohada. Comer guarrerías. Ducharnos con agua congelada. Defecar en baños repugnantes. Y llegar la noche y no tener ganas de nada. Pero como no somos tontos y además trabajamos, decidimos ir sólo el fin de semana, sabiendo además que teníamos pase de prensa, éramos VIP y que una conocida nos dejaba dormir en su hotel. “Pero lo divertido del Arenal es la vida en el Camping”. Mimimimimi. Que te jodan. Teníamos previsto ir el viernes pero debido a la predicción de tormenta y la suspensión del día anterior decidimos posponer la partida al sábado, en una sabia decisión.

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El camping del Arenal Sound, tras la tormenta

Así que por enésima vez en el verano Ray y yo cogimos la A3 y nos dirigimos al este peninsular. Por supuesto paramos en Honrubia, el pueblo de Big Fish, sinónimo de felicidad, a comer bocadillos de lomo con los camareros de Grease. Planazo. En Burriana nos juntamos con José Lafuente y un par de amigos suyos, y por supuesto con María, la chica del hotel. Con ella estuvimos largo rato en el backstage en la zona habilitada para prensa, llena de sofás y bebida gratis y donde la gente hace de todo menos trabajar. La polla. Reconocemos que fuimos al Arenal exclusivamente por eso, porque además el cartel de este año dejaba bastante que desear. Conocimos a un montón de gente, simulamos ser fotógrafos y en definitiva pasamos una noche estupenda. Así sí mola el Arenal Sound, joder. Conseguimos dormir en la habitación de María a pesar de las amenazas de la psicópata de recepción, con la que aún tengo pesadillas, y el domingo volvimos a Madrid con la compañía de dos chicas de Blablacar muy majas a las que dimos una vuelta de una hora por Burriana (no teníamos ni puta idea de cómo salir) y a las que por supuesto llevamos a Honrubia, donde como no podía ser de otra forma, fueron felices.

En Honrubia. Las caras lo dicen todo.

En Honrubia. Las caras lo dicen todo.

Valencia… otra vez

Y otra vez la A3. Otra vez la puta fábrica horrible, por enésima vez en el verano. En esta ocasión con mi Chicalvo y Cris para visitar a Marta y David, unos amigos de Manchester. La idea era ir a la playa de día y salir de fiesta por la noche, un fin de semana de relax y diversión rememorando tiempos del norte. Pero el tiempo no acompañó y nos tuvimos que conformar con hacer un poco de turismo y vida nocturna con la compañía del Jaque Mate. Ah, e ir a Mestalla a la presentación del Valencia, un plan de mierda convertido en fabuloso gracias a Francesco Totti, el único e irrepetible Capitano de la Roma. El finde fue breve pues el domingo me tuve que volver antes a despedirme de mi abuelita, grandísima persona que ya se encuentra en un lugar mejor. Snif snif.

Con Gayá y Feghouli

Con Gayá y Feghouli

Las siguientes dos semanas fueron tranquilas en cierto modo, trabajando en Madrid e instalado en la paz y armonía de Navacerrada. Como ya va siendo tradición cada verano, jugamos la maratón de fútbol en el camping de los Abad, nos disfrazamos, e hicimos todas las bazofias divertidas que se suelen hacer allí.

Agosto iba llegando a su fin y con él el verano. Pero faltaba la guinda. Faltaba Estambul.

Estambul. De Constantinopla a la Cappadocia

IMG_2444El tranvía desciende las calles llenas de vida, haciendo desaparecer a la gente con su bufido. Decido bajarme en aquel lugar, no sé por qué. Y empiezo a caminar, sin ningún rumbo fijo. Sin un destino. Sin una hora. Sin nadie que me diga nada. Con absoluta libertad. A mi derecha, una escalera multicolor, que asciende y asciende llamativa sin que nadie acepte su reclamo. Más adelante, una cuesta tiene su origen en un grupo de ancianos jugando al Backgammon. Parece tranquilo, y tranquilidad es lo que busco. Avanzo y avanzo y a mi paso dejo calles antiguas, dejo un barrio que se abre camino ciudad adentro. Los niños juegan y se persiguen y a ambos lados, negocios locales muestran sus bondades. Talleres que parecen desguaces, galerías de arte particulares, gatos callejeros que se cuelan por las ventanas, vegetación que se come la calle. Al fondo, una figura se levanta, lejana. Es la torre Galata. Agradecido por este golpe de suerte, este giro maravilloso de Fortuna, olvido el cansancio de tantos días de andadura, de tantas imágenes guardadas eternamente en la retina y consciente de que aún hay hueco para más, sigo adelante.

IMG_2503Y poco a poco aparece gente, turistas y locales, que me van recordando el lugar en el que ahora me hallo. Al fondo visualizo un tumulto familiar, una horda de vida de todo tipo que disfruta del tiempo libre que le ha sido otorgado. Y así es como aparezco en Istiklal, la calle comercial más larga de la ciudad. Ya no hay zulos artesanos ni teterías de barrio. Es momento de Zaras y de Starbucks. Es el contraste de Estambul. La ciudad de los Audis y los carros. De los velos y los tatuajes. De las iglesias, mezquitas y sinagogas. De los perros y los gatos. De los estresantes atascos y los tranquilos cruceros. De los dos mares. De los dos continentes. Y disfrutaré de la gente y de las calles, de los comercios y espectáculos. De la vida. Y cuando me canse, acudiré al puente y observaré esconderse el sol tras el Cuerno de Oro. Veré barcos llegar y barcas partir, gaviotas volar y pescadores pescar. Y en silencio, los cielos rojos se tornarán negros y miles de luces se encenderán. Allá a lo lejos, Estambul, la ciudad que nunca duerme. Allá a lo lejos Constantinopla, la ciudad que nunca muere.

IMG_2435El último viaje del verano (el más largo y costoso) fue a Estambul. Allí visité a mi buen amigo turco Ozan, con el que pasé el primer fin de semana. Cenamos en una terraza con vistas a la ciudad, desayunamos en el Bósforo, comimos kebab (nada que ver con los que se comen en Europa) y algún que otro plato tradicional, conocí a sus amigos, su novia y la vida nocturna de la ciudad. Los turcos son gente honrada, honesta y sobre todo tremendamente hospitalaria (no me dejaron pagar nada). Y lejos de lo que se pudiera pensar (por eso de que Turquía es fundamentalmente Asia e Islam), sus rasgos físicos son mediterráneos (al menos los turcos de Estambul), muy parecidos a los españoles. Eso sí, la lengua suena fea de cojones, rápida y agresiva. Y no tienen ni idea de conducir. Frenan en plena carretera si no saben adónde ir, se cambian tres carriles de golpe sin señalizar y sin importarles una mierda que vengan coches por detrás, se saltan líneas continuas cada dos por tres, no tienen ningún respeto por los peatones, los motoristas van sin casco por dirección contraria… Sin embargo, no vi ni un solo accidente o mísero golpe en nueve días, lo que me lleva a pensar que en realidad conducen de puta madre, y simplemente se pasan por el forro las normas y señales de tráfico.

Con los turquitos.

Con los turquitos.

En cuanto a la ciudad, Estambul es diferente a todas las demás. Se encuentra entre dos continentes, Europa y Asia, separados por un estrecho, el Bósforo, que une el Mar Negro con el Mármara. El dato oficial es que allí viven catorce millones de habitantes pero la realidad se acerca más a veinte. Y eso se nota mucho, tanto en las carreteras (con atascos a todas horas) como por las calles, repletas de gente las veinticuatro horas del día. De hecho, lo primero que pensé al llegar a la ciudad fue “¿Dónde cojones me he metido?”. Pero al final te acostumbras y te gusta, y sobre todo aprendes a valorar y disfrutar plenamente de la tranquilidad que puedes encontrar en determinados puntos de la ciudad, sea en un parque amurallado, un barco o en uno de los muchos puentes mientras contemplas la impresionante puesta de sol que cada día da paso a la noche.

El auténtico kebab.

El auténtico kebab.

Ozan se marchó a Georgia a trabajar y aproveché para visitar la Cappadocia. ¿Qué es la Cappadocia? Es el lugar más increíble que haya visitado jamás. ¿El más bonito? No lo sé. Pero desde luego el más original. Es difícil creer que pueda existir algo así. Ves cosas parecidas en películas y videojuegos. Sabes que es ficción, que no es real. Y resulta que vas a Turquía y te encuentras con algo que lo supera todo.

IMG_2183Sobrevolarla en globo al amanecer es una experiencia que toda persona debería experimentar una vez en su vida. Pueblos, ciudades, valles, erosionando figuras y creando hogares. Surrealista. El larguísimo viaje en autobús mereció la pena. Las expectativas, altísimas, fueron ampliamente superadas. Y encima ya volviendo y sin esperarlo pude ver el lago Tuz, una extensión de 1500 km² exclusivamente de sal. Tremendo.

IMG_9974De vuelta a Estambul, ya sin Ozan, el turismo sustituyó a la vida social y pude patearme y patearme la ciudad y disfrutar de todo lo que ella propone. Viajar solo es más aburrido, sí, pero es algo que todo el mundo debería probar. Una ciudad entera a tus pies y sin nadie que te diga lo que tienes que hacer. Haces lo que te sale de los cojones. Con absoluta libertad. Y eso hice. Andar y andar. Recorrerme calles aleatorias. Visitar el lado asiático. Exprimir el europeo. Y cuando me cansaba, visitaba el pub de blues y rock en directo donde trabajaba mi compañero de piso. Y si me apetecía, me tomaba una Efes viendo a la banda del día versionar a Pink Floyd o BB King. Y volvía a casa a descansar si me dejaba Guinness, la gata negra que pasó de amarme a desearme el mal. Y a ser despertado a las cinco de la mañana por ese llamamiento al rezo en forma de canto horrible que emiten cada día las mil y una mezquitas de Estambul.

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Y así, con la sensación de haber estado meses en Turquía y habiendo gozado muchísimo la experiencia, regresé a Madrid, sabiendo que acababa el verano, que no habría más viajes cercanos, que la rutina me esperaba. ¿Y os confieso una cosa? Me apetece. Me apetece mucho. Disfrutar de la familia, de los amigos, del trabajo, del Calderón, de La Naranja, de Malasaña, de la Troika y la Pinta. De Madrid. La rutina es una mierda, sí. Pero ya habrá tiempo de cansarse de ella.