Las camas ya no respiran

No habíamos pisado Ámsterdam y ya llorábamos de risa, por el simple aspecto de un té servido en un avión. Supongo que fue fruto de la emoción producida por el mero hecho de viajar. La emoción que siente el ave que sale por primera vez del nido, desplegando sus alas y volando hacia lo desconocido. El saber que algo grande puede pasar. El saber que en un futuro diremos que algo grande pasó.

Quedó a cenar con su primo. Tomó una cerveza rápida y se fue a casa temprano, pues la mañana próxima tenía pádel. Pádel fue todo lo que hizo el sábado. El domingo subió la apuesta y lo pasó en pijama, tumbado en el sofá, mirando la tele pero no viendo nada. Y así fue como la muerte se coló en su vida, antes incluso de haber empezado a vivir.

Ya estamos en Madrid, la querida Madrid. Tan distinta a todas aquellas ciudades. Tan distinta de sí misma. Aquí nacimos, en este pequeño punto de la inmensa Tierra. Y aquí vivimos, engañados por una vida casi plena, atrapados en la constancia y la rutina, con los mismos seres humanos rodeándonos. Y más allá de las fronteras, millones de buenas personas consumen sus vidas mientras en un mundo paralelo forman parte de las nuestras. Nada tiene sentido, pienso.

A menudo me paro a pensar en la inmensidad del universo. Me fascina el universo, porque ocupa ese lugar que antes era Nada. Pienso que ahí arriba, mucho más lejos del Azul, vidas y sucesos que nunca conoceremos tienen lugar. Y me agobia y me entristece perdérmelo. Y no quiero perdérmelo. Y tiro de aquello que llaman Fe, y me digo que nada puede ser tan sencillo, que aquello es mucho más grande, que somos infinitos e inmortales, que formamos parte de algo eterno. Que tiene que haber una razón para todo. Y despierto.

Siento que ya llegan, el olvido y el conformismo, para atraparme una vez más. Aún veo Ámsterdam en mi cabeza, sus calles, sus canales, su gente. Pertenecemos a donde nacemos, dicen. Y un domingo cualquiera, mientras trato de sobrevivir al sinsentido, la respuesta a todo, clara y maravillosamente sencilla, se presenta ante mí como ya hiciera tiempo atrás. Una palabra breve y hermosa. Un día lo creí y hoy vuelvo a creer. Es la razón de todo. Es lo que lo explica todo. Ya sólo queda esperar.

Hicimos nuestras maletas y dejamos aquella habitación, dicen que para siempre. Conseguimos escapar del bucle que tantas veces nos retuvo, repleto de prohibiciones, sintiéndonos libres por fin dentro de esa prisión llamada vida. Mañana leeré a Oliver Sacks y comeré Maltesers, y no trataré de impedírmelo. Las camas ya no respiran. Nada va a cambiar mi mundo.