Erosión en Escocia

El mundo gira rápido a mi alrededor, y no sé si orbitar con él, o dejar que lo hagan los demás.

Ya estuve en Escocia una vez. Hace tanto que la verdad, apenas me acuerdo de algo. Por aquel entonces creo que ni conocía a los tres tipos que me acompañaron en esta nueva visita al norte de la Gran Bretaña. ¿Que cómo surgió? Fue en una noche cualquiera. “¿Nos vamos a Escocia?”. Dos días después teníamos los billetes y nos reuníamos en Vips con la excusa de planificarlo todo. No fue nuestra última reunión en aquel restaurante, pero lo de planificar quedó en un lejano segundo plano. Somos gordos y lo aceptamos.

A Edimburgo volamos un jueves, apenas tres días después de volver de un intenso y costoso viaje a Logroño, con sus bodegas y su senda de los Elefantes. Y en Edimburgo pasaríamos el día y noche del jueves antes de alquilar un coche y poner rumbo al norte. El lunes volveríamos a la capital para pasar otro día y otra noche antes de regresar a casa, aunque a mí me tocase separarme de mis tres amigos, coger otro avión y viajar a Munich. El mundo gira, rápido, demasiado rápido…

IMG_0132 - Versión 2

Llévame vida, llévame. Sin miedos, sin tapujos ni mentiras. Porque esto se acabará. Ya sabes que un día pronto acabará.

Una vaca de larga melena se cruza en nuestro camino. Su compañera se aleja desconfiada, pero ella permanece. Detenemos el coche y nos acercamos. Se muestra impasible. Es libre. Posa ante la cámara y parece disfrutar. Es la vaca más atractiva que he visto jamás. Estamos en Escocia, de camino a las Highlands, y estas dos vacas, la impasible y su desconfiada amiga, son el único rastro de vida en millas. Tiene su encanto. Carreteras estrechas, extensas llanuras solitarias, contrastes de vegetación, y de vez en cuando algún que otro lago. Ah, y la vaca. La abusivamente atractiva vaca.

¿En qué pensarán las vacas? ¿Son lo suficientemente inteligentes para plantearse qué hacen con sus vidas? ¿O simplemente se dedican a pastar y dormir, saciando sus necesidades básicas sin ser conscientes de nada más? ¿Se divierten? ¿Se aburren? ¿Sienten alegría o pena? No sé si envidiarlas o sentir lástima por ellas.

Proseguimos nuestro camino, dejándola atrás. La volveremos a ver, en fotos. De cámaras y móviles. Porque tenemos de todo. Coche con calefacción y música. GPS que nos guía en el camino. Abrigos gordos que nos libran del frío y botas Gore-Tex. Somos nómadas modernos y nuestro único temor es no tener wifi en el siguiente hostal. Pero tenemos. La vaca ya está en Facebook y en dieciocho grupos de whatsapp. Genera decenas de likes y comentarios de admiración. Ella no lo sabe, permanece en su pradera, libre, pastando. ¿Aburriéndose? ¿Divirtiéndose? Nunca lo sabremos.

IMG_0277 Y sólo me queda disfrutar. Arder, quemar, reír y llorar. Porque esta es la verdad, mantener la llama en la oscuridad.

Pub Crawl a las 20.00h. Así que después de pasar el día entero en Edimburgo, comer un exquisito Chicken Highland, bebernos un par de Tennent’s, acudir al peor free tour de Europa, conocer la apasionante historia del parking de Gabisch y la aterradora leyenda de George Mackenzie, nos reunimos en el salón del hostal con un gran grupo de jóvenes viajeros como nosotros. De bar en bar, de pinta en pinta y por qué no, de Jager en Jager, nos recorrimos una parte de Edimburgo con la compañía de un muchacho argentino, unas compatriotas argentinas, unas catalanas y una pareja vasca. Suena a plan simple, y lo fue. Irse de bares, beber cervezas, hablar con gente. Pero a veces no hace falta complicarse para pasarlo bien. A veces la respuesta a todo es así de sencilla.

Al día siguiente iniciamos el periplo en coche, de pueblo en pueblo, de pequeña ciudad en pequeña ciudad, conociendo lagos, valles, montañas, playas y costas, admirando la enorme belleza de Escocia, su diversidad natural y su ausencia de vida. Los días los pasábamos en la carretera, comiendo pasta del Tesco, sándwiches de beicon y donuts con mermelada. Las tardes en el único bar del pueblo de turno jugando al billar, poniendo música en gramolas modernas y bebiendo cerveza. Las noches en el alojamiento más barato que encontrásemos, fuese el Gran Hotel Budapest o el Sandra’s, el peor lugar en el que nadie ha dormido nunca.

Pero no somos de piedra, nacimos de la erosión, que transforma el paisaje y mi alma también.

Y así llegó el final del viaje. Me despedí de los niños en el parking del aeropuerto, y esperando en el avión repasé todo lo que habíamos vivido los cuatro juntos durante esos días. Había sido un gran viaje, sin duda. También pensé en la vaca del flequillo, pastando en esas llanuras maravillosas día sí día también, sin ninguna responsabilidad, rodeada de tanta belleza y soledad. Qué aburrido sería ser ella. Como dijo aquel, la felicidad sólo es real cuando es compartida.

 

Epílogo

3 de mayo de 2016. 17.03h. Nubes grises descargan su lluvia en Munich. No se oyen las gotas romper en el suelo de la Marienplatz, ni se oyen las campanas del gran reloj. No se escuchan siquiera los truenos que preceden a la gran batalla, esa que envolverá la épica y se convertirá en leyenda. Retumba una voz unánime de miles de almas hasta allí transportadas y vestidas de rojo y blanco. Retumba una sola voz que dice: “Dale alegría a mi corazón, la Liga de Campeones es mi obsesión”.

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