Erosión en Escocia

El mundo gira rápido a mi alrededor, y no sé si orbitar con él, o dejar que lo hagan los demás.

Ya estuve en Escocia una vez. Hace tanto que la verdad, apenas me acuerdo de algo. Por aquel entonces creo que ni conocía a los tres tipos que me acompañaron en esta nueva visita al norte de la Gran Bretaña. ¿Que cómo surgió? Fue en una noche cualquiera. “¿Nos vamos a Escocia?”. Dos días después teníamos los billetes y nos reuníamos en Vips con la excusa de planificarlo todo. No fue nuestra última reunión en aquel restaurante, pero lo de planificar quedó en un lejano segundo plano. Somos gordos y lo aceptamos.

A Edimburgo volamos un jueves, apenas tres días después de volver de un intenso y costoso viaje a Logroño, con sus bodegas y su senda de los Elefantes. Y en Edimburgo pasaríamos el día y noche del jueves antes de alquilar un coche y poner rumbo al norte. El lunes volveríamos a la capital para pasar otro día y otra noche antes de regresar a casa, aunque a mí me tocase separarme de mis tres amigos, coger otro avión y viajar a Munich. El mundo gira, rápido, demasiado rápido…

IMG_0132 - Versión 2

Llévame vida, llévame. Sin miedos, sin tapujos ni mentiras. Porque esto se acabará. Ya sabes que un día pronto acabará.

Una vaca de larga melena se cruza en nuestro camino. Su compañera se aleja desconfiada, pero ella permanece. Detenemos el coche y nos acercamos. Se muestra impasible. Es libre. Posa ante la cámara y parece disfrutar. Es la vaca más atractiva que he visto jamás. Estamos en Escocia, de camino a las Highlands, y estas dos vacas, la impasible y su desconfiada amiga, son el único rastro de vida en millas. Tiene su encanto. Carreteras estrechas, extensas llanuras solitarias, contrastes de vegetación, y de vez en cuando algún que otro lago. Ah, y la vaca. La abusivamente atractiva vaca.

¿En qué pensarán las vacas? ¿Son lo suficientemente inteligentes para plantearse qué hacen con sus vidas? ¿O simplemente se dedican a pastar y dormir, saciando sus necesidades básicas sin ser conscientes de nada más? ¿Se divierten? ¿Se aburren? ¿Sienten alegría o pena? No sé si envidiarlas o sentir lástima por ellas.

Proseguimos nuestro camino, dejándola atrás. La volveremos a ver, en fotos. De cámaras y móviles. Porque tenemos de todo. Coche con calefacción y música. GPS que nos guía en el camino. Abrigos gordos que nos libran del frío y botas Gore-Tex. Somos nómadas modernos y nuestro único temor es no tener wifi en el siguiente hostal. Pero tenemos. La vaca ya está en Facebook y en dieciocho grupos de whatsapp. Genera decenas de likes y comentarios de admiración. Ella no lo sabe, permanece en su pradera, libre, pastando. ¿Aburriéndose? ¿Divirtiéndose? Nunca lo sabremos.

IMG_0277 Y sólo me queda disfrutar. Arder, quemar, reír y llorar. Porque esta es la verdad, mantener la llama en la oscuridad.

Pub Crawl a las 20.00h. Así que después de pasar el día entero en Edimburgo, comer un exquisito Chicken Highland, bebernos un par de Tennent’s, acudir al peor free tour de Europa, conocer la apasionante historia del parking de Gabisch y la aterradora leyenda de George Mackenzie, nos reunimos en el salón del hostal con un gran grupo de jóvenes viajeros como nosotros. De bar en bar, de pinta en pinta y por qué no, de Jager en Jager, nos recorrimos una parte de Edimburgo con la compañía de un muchacho argentino, unas compatriotas argentinas, unas catalanas y una pareja vasca. Suena a plan simple, y lo fue. Irse de bares, beber cervezas, hablar con gente. Pero a veces no hace falta complicarse para pasarlo bien. A veces la respuesta a todo es así de sencilla.

Al día siguiente iniciamos el periplo en coche, de pueblo en pueblo, de pequeña ciudad en pequeña ciudad, conociendo lagos, valles, montañas, playas y costas, admirando la enorme belleza de Escocia, su diversidad natural y su ausencia de vida. Los días los pasábamos en la carretera, comiendo pasta del Tesco, sándwiches de beicon y donuts con mermelada. Las tardes en el único bar del pueblo de turno jugando al billar, poniendo música en gramolas modernas y bebiendo cerveza. Las noches en el alojamiento más barato que encontrásemos, fuese el Gran Hotel Budapest o el Sandra’s, el peor lugar en el que nadie ha dormido nunca.

Pero no somos de piedra, nacimos de la erosión, que transforma el paisaje y mi alma también.

Y así llegó el final del viaje. Me despedí de los niños en el parking del aeropuerto, y esperando en el avión repasé todo lo que habíamos vivido los cuatro juntos durante esos días. Había sido un gran viaje, sin duda. También pensé en la vaca del flequillo, pastando en esas llanuras maravillosas día sí día también, sin ninguna responsabilidad, rodeada de tanta belleza y soledad. Qué aburrido sería ser ella. Como dijo aquel, la felicidad sólo es real cuando es compartida.

 

Epílogo

3 de mayo de 2016. 17.03h. Nubes grises descargan su lluvia en Munich. No se oyen las gotas romper en el suelo de la Marienplatz, ni se oyen las campanas del gran reloj. No se escuchan siquiera los truenos que preceden a la gran batalla, esa que envolverá la épica y se convertirá en leyenda. Retumba una voz unánime de miles de almas hasta allí transportadas y vestidas de rojo y blanco. Retumba una sola voz que dice: “Dale alegría a mi corazón, la Liga de Campeones es mi obsesión”.

Sobre Soylents y Periscopes, o la crónica de otro viaje a Barcelona

foto

Un nuevo hogar en Barcelona, España. Pues allá vamos. Puntualidad y un Mini Cooper para cuatro.  Xavi sal del parque. Uno al zulo y otro copiloto. Que no copilote. Un cd de los Libertines y lo demás da igual. Vacaciones yeah. Expectativas incomparablemente insuperables. Listas incompletables. El Apple Astra rumbo a Sitges. Ya iremos. Que no. Que es broma. Luis nos espera. Luis. Lluis. Llull. Llulllllllu. Pero antes bunquers. Buenas vistas y queso sin pan. Ahora sí. Hola Luis. Hola amigos. Qué dice. No entiendo. El amo. Plaza Real. El mejor puerta de la historia. Dónde estará. Sidecar. Sidecaca. Sideputamierda. Lesbianas enamoradas. Un Boulevard y una sala de rock. ¿Y el rock? Maldito Soylent. ¿Te gustan los nazis? No hay trampa.

IMG_0777

Frío. Anginas inmortales. Shavi por qué te fuiste. Lidocaína en vena y a gozar. Fotos verticales. ¿Auron? Abrigos populares. Abre el Correo. Bébete el agua. Platos combinados y Periscopes. Ray Vegas se unió. Ray Vegas permaneció para siempre. Quiero mi puta crepe. En Barna nadie tiene Vespa. No mientas Leiva. Barrio Gótico. Ciutadella y efectos de cheerleader. Relatividad temporal en aquel árbol. Descanso. Shavi qué bueno que volviste. Xavi. Ex Javi. Nevermind. ¿Conoces a Leonard Cohen? Y ahí está. El mejor puerta de la historia. La mejor camarera de la historia. Pues a mí me gusta más la otra. Pues tu eres un poco imbécil. Pues vamos a cenar. La peor pizza de la historia. Pues a mí me gusta. Pues tú también eres un poco imbécil. Silvia y Soylent. David Bowie. M&M’s y el odio incomprensible. Pijamas y pintacas. Periscopeeee. Comando nabo. Razzmatazz. Por fin. Pues vaya. Siempre Amable. Siempre al baño. Ray Vegas a ti ni pagando. Qué chica más maja. Ahí te quedas. Que nos vamos.

foto2

Levanta, cojones. Mierda de cortina. Todo se encharca. Vienen las suecas. Que no. Que italianas. Que no. Pan tumacas. Tortillas secas. Salmonella. Ponte a hacer masilla. Y vete al puerto. Sin cámara. La Barceloneta. Paella blanca. Setos invisibles. ¿Taxi? ¡Taxi! Barrio Gótico. ¿En serio? Eso parece. Vintage. Vintashh. Llulllyyuu. No hay chaqueta. Pues hasta el año que viene. Mareos. Vómitos. Vinos. Manjares. Costillares. Polacas y fracasos. “Buenas noches señor agente”. Carpas. Más lesbianas. ¿Apolo? Hijo de puta. Los Nastys. 1% de batería. 1% eterno. Cookies. Más cookies. Ardientes bocatas. Y al nuevo hogar. Adiós nuevo hogar. Adiós Luis. “Hola todos amigos, muchas gracias por todos.”. Gracias a ti. Y hasta otra.

IMG_0812

Las camas ya no respiran

No habíamos pisado Ámsterdam y ya llorábamos de risa, por el simple aspecto de un té servido en un avión. Supongo que fue fruto de la emoción producida por el mero hecho de viajar. La emoción que siente el ave que sale por primera vez del nido, desplegando sus alas y volando hacia lo desconocido. El saber que algo grande puede pasar. El saber que en un futuro diremos que algo grande pasó.

Quedó a cenar con su primo. Tomó una cerveza rápida y se fue a casa temprano, pues la mañana próxima tenía pádel. Pádel fue todo lo que hizo el sábado. El domingo subió la apuesta y lo pasó en pijama, tumbado en el sofá, mirando la tele pero no viendo nada. Y así fue como la muerte se coló en su vida, antes incluso de haber empezado a vivir.

Ya estamos en Madrid, la querida Madrid. Tan distinta a todas aquellas ciudades. Tan distinta de sí misma. Aquí nacimos, en este pequeño punto de la inmensa Tierra. Y aquí vivimos, engañados por una vida casi plena, atrapados en la constancia y la rutina, con los mismos seres humanos rodeándonos. Y más allá de las fronteras, millones de buenas personas consumen sus vidas mientras en un mundo paralelo forman parte de las nuestras. Nada tiene sentido, pienso.

A menudo me paro a pensar en la inmensidad del universo. Me fascina el universo, porque ocupa ese lugar que antes era Nada. Pienso que ahí arriba, mucho más lejos del Azul, vidas y sucesos que nunca conoceremos tienen lugar. Y me agobia y me entristece perdérmelo. Y no quiero perdérmelo. Y tiro de aquello que llaman Fe, y me digo que nada puede ser tan sencillo, que aquello es mucho más grande, que somos infinitos e inmortales, que formamos parte de algo eterno. Que tiene que haber una razón para todo. Y despierto.

Siento que ya llegan, el olvido y el conformismo, para atraparme una vez más. Aún veo Ámsterdam en mi cabeza, sus calles, sus canales, su gente. Pertenecemos a donde nacemos, dicen. Y un domingo cualquiera, mientras trato de sobrevivir al sinsentido, la respuesta a todo, clara y maravillosamente sencilla, se presenta ante mí como ya hiciera tiempo atrás. Una palabra breve y hermosa. Un día lo creí y hoy vuelvo a creer. Es la razón de todo. Es lo que lo explica todo. Ya sólo queda esperar.

Hicimos nuestras maletas y dejamos aquella habitación, dicen que para siempre. Conseguimos escapar del bucle que tantas veces nos retuvo, repleto de prohibiciones, sintiéndonos libres por fin dentro de esa prisión llamada vida. Mañana leeré a Oliver Sacks y comeré Maltesers, y no trataré de impedírmelo. Las camas ya no respiran. Nada va a cambiar mi mundo. 

Los necios se conjuran en verano (y el resto del año)

Todo comenzó en el SOS

El verano, en forma de previa, comenzó en el SOS, una buena excusa para visitar a mis buenos (y sexys) amigos murcianos de Lille. Desde Madrid me acompañaron José Lafuente (sí, el de la canción de Blue Trebols) y su grupo de niñas majas cuyos nombres me da pereza escribir pero a las que adoro. Siendo tantos y tratándose de un festival de música sobra decir que el fin de semana (largo, pues era puente) fue tremendamente divertido. Aperitivos con Estrella Levante y patatas al limón, barbacoas en casa Shooter y por supuesto música, mucha música. Como suele pasar en los festivales el cartel importa poco. Ves cualquier cosa y lo disfrutas. Como cabezas de cartel tocaban The National (bah) y Morrissey, un tipo que además de aburrir con su música prohibió comer carne durante su concierto. Por supuesto no lo vimos, porque además se solapaba con los Parrots, esos madrileños que convierten cada concierto en una locura y que me robaron una morena, como ya conté en la mejor web de música de la historia.

Chicos realmente atractivos, en el SOS

Chicos realmente atractivos, en el SOS

Y continuó en Gandía

Y en Gandía llegó oficialmente el primer fin de semana de playa del verano, en un improvisadísimo viaje a la casa del señor Gabisch. Nada más llegar Elena se puso enferma y se pasó los días en cama, mientras Ray, Gabes y el chico guapo que escribe esto nos dedicábamos la mayor parte del tiempo a jugar con una pelota multicolor ultra gay que compramos en Semana Santa y que se vuela con el menor de los vientos. Una pasada de pelota. Disfrutamos de gintonics en el chiringuito viendo la puesta de sol, comimos unos brownies en el Fosters y desayunamos la tortilla de patata más cara del mediterráneo en un bar de mierda. Una de las noches, en la cual Gabisch se quedó en casa haciendo que cuidaba a Elena, Ray y yo salimos como los más mejores amigos a no sé qué sitio sin importancia, y descubrimos con preocupación y asombro que el Jager apenas ya nos hace efecto. Volviendo a casa por la playa presenciamos como un señor gordo y calvo se ocultaba en la oscuridad para deleitarse con el amor que se daba una parejita en la arena. Y el gordo, calvo, enfermo, también se dio amor. Al lado de esto, las sesiones de prismáticos de Ramón desde la terraza de los Gabisch se quedaron en un juego de niños.

Gandía 2

En la playa

Burdeos, dunas, bicis y chicalvos

La siguiente parada fue Burdeos, en una larga y productiva visita a Granados, nuestro amigo o algo parecido de Publicidad y Relaciones Públicas. Lo pasamos maravillosamente bien a pesar de tener que cuidar de Chicalvo. Pero ya conté todo lo que tenía que contar en aquella crónica. No me hagáis escribir más.

Chicalvo

Chicalvo

Catamaranes en La Manga

Y tras Burdeos, La Manga. Por segundo año consecutivo nos reunimos los hermosos de Lille en la morada de José Villa, un ático con vistas a ambos mares en el cual te quedarías a vivir. Antes, eso sí, conocí su pequeña chabola de Murcia y a su querida Caipi. En La Manga gozamos del catamarán, con el que navegamos mañana y tarde y con el que pasamos algún que otro apuro. Primero en pleno mar por la inutilidad de la tripulación, y después en el mismo cabo, donde se nos escapó (alguno dirá que fue mi culpa, muy desacertadamente), y se dirigió directo a niños y ancianos que gozaban del agua hirviendo del Mar Menor. Como si se tratase de un tiburón acercándose a la orilla, el catamarán fue acelerando mientras las madres sacaban a sus hijos del agua y algún que otro curioso grababa la escena en video. Afortunadamente no pasó nada grave y quedó en anécdota. Una de las noches fuimos a la Trips, la discoteque de moda allí, recién reformada, muy chula, pero con seres de todas las edades. Demasiadas edades. A la vuelta Chuchi nos juró y perjuró que se encontraba en perfectas condiciones para conducir. Y pecó. Y el resto le dejamos pecar.

Con Carmensita, comiendo gofres.

Con Carmensita, comiendo gofres.

Un finde de relax

El fin de semana siguiente fue de agradecido descanso. Y qué mejor forma de reponer fuerzas que en el paraíso de Navacerrada. Allí me instalé con mi hermanito y Babitas a disfrutar de la piscina, el verde césped, el tenis y el Pro de los viejos tiempos, ese que nos robó consentidamente tantísimas horas de vida.

IMG_9834Un día visitamos a los Casado en Cercedilla, que nos invitaron a una barbacoa para rememorar tiempos lejanos. Eso sí, debido a su incapacidad para desplazarse en un radio mayor de 200 metros de su casa, nos quedamos sin jugar a la Farola, ese juego que nos distraía horas y horas de madrugada mientras nuestros padres se emborrachaban en el pueblo. Esa misma semana Chuchi y servidor recibimos en Madrid la visita de Juan Manuel, quien lo primero que nos dijo al vernos, con cara seria y voz de fucker fue: “Shooter ha vuelto”, pero con palabras obscenas.

Con Shooter y Chuchi, comiendo chococlacks

Con Shooter y Chuchi, comiendo chococlacks

Benidorm, Time for Heroes

Y tras la paz, el Low. Teníamos muchas ganas de ir a Benidorm, la Nueva York española, la ciudad donde los sueños se hacen realidad. Y allí nos fuimos Ray, Elena y el imbécil que escribe esto, a alojarnos en uno de los treinta y ocho hoteles que habíamos reservado para la ocasión. Fascinante. Elegimos bien, pues este tenía una azotea mágica con piscina donde cada día ocurren cosas extraordinarias. En ella vimos a parejas azotándose (sonido que recordaremos eternamente) y fui padre de adopción por unas horas. Estaba bastante cerca del recinto del festival, por lo que gracias a todos los dioses apenas tuvimos que movernos por la maravillosa ciudad de Benidorm, la envidia de toda capital europea.

Jugando con Juanito

Jugando con Juanito

Al Low Festival (el motivo de nuestro viaje a aquel inferno), acudimos fundamentalmente por ver a The Libertines, cuyo concierto fue una de las mayores locuras jamás vividas, con pogos de cientos de personas (muchos de ellos guiris veraneantes en la ciudad que aprovecharon para ver a sus compatriotas) que a priori pueden parecer inadecuados para las canciones del grupo británico. En medio de la marabunta nos encontramos cara a cara con los hermanos Flores, de Jack Knife, a los que cedimos uno de nuestros mil hoteles y a los que la tía más cachonda del festival reconoció emocionada. Puta fama. Fue más de hora y media de concierto, de saltos, golpes y vibrar con clasicazos como Time for Heroes, Music when the lights go out y Don’t Look Back into the sun, que cerró el espectáculo con esa intro maravillosa que podría escuchar en bucle toda la puta vida. The Libertines. Pete Doherty y Carl Barat. Juntos otra vez. Deleitándonos con esas canciones que sin saber por qué, te generan nostalgia y afloran sentimientos que no sabes de donde proceden. Saliendo del recinto, agradecidos por lo que habíamos vivido, nos dimos cuenta de que estábamos chorreando literalmente. Nunca en mi vida había sudado tanto ni nunca en mi vida sudaré igual. El bochorno de Benidorm, esa ciudad.

The Libertines

The Libertines

El día antes habíamos visto entre otros y de forma más relajada a Kasabian y sus mil temazos del FIFA, y de forma no tan relajada (ni tanto) a Perro, esos murcianos que ya tocaron en el SOS y que hacen que el público se divierta de lo lindo. Mención especial a su estrambótica Marlotina con la que cerraron el concierto, deleite de todo joven de los 80 y principios de los 90 que adore el fútbol. El domingo y último día de festival nos quedamos en el hotel viendo saltos de trampolín mientras tocaba Supersubmarina, el grupo que te encontrarás tocando hasta en el ascensor de tu casa de camino al séptimo. Pesaos, macho. Por ese motivo llegamos tarde y nos perdimos Foals, para muchos el concierto del Festival. Lástima. O no. El lunes nos despedimos entre lágrimas de Benidorm prometiendo volver, con los Libertines y el sonido de los azotes aún resonando en nuestras cabezas.

IMG_9694

Valeri Karpin y George Finidi.

Y dos años después… Arenal Sound

De festivales iba el verano así que tan sólo una semana después tocó ir al Arenal Sound. Los recuerdos de dos años antes aún estaban muy presentes en nuestras mentes en forma de campo de concentración. Dormir apenas dos horas al día. Despertarnos a las 9.11 de cada mañana y salir de la tienda en busca de oxígeno. Intentar dormir en la única sombra de Burriana al lado de un seto lleno de mierda donde la gente mea, caga y vomita cada noche, rodeados de moscas y con una botella de agua vacía como almohada. Comer guarrerías. Ducharnos con agua congelada. Defecar en baños repugnantes. Y llegar la noche y no tener ganas de nada. Pero como no somos tontos y además trabajamos, decidimos ir sólo el fin de semana, sabiendo además que teníamos pase de prensa, éramos VIP y que una conocida nos dejaba dormir en su hotel. “Pero lo divertido del Arenal es la vida en el Camping”. Mimimimimi. Que te jodan. Teníamos previsto ir el viernes pero debido a la predicción de tormenta y la suspensión del día anterior decidimos posponer la partida al sábado, en una sabia decisión.

IMG_9720

El camping del Arenal Sound, tras la tormenta

Así que por enésima vez en el verano Ray y yo cogimos la A3 y nos dirigimos al este peninsular. Por supuesto paramos en Honrubia, el pueblo de Big Fish, sinónimo de felicidad, a comer bocadillos de lomo con los camareros de Grease. Planazo. En Burriana nos juntamos con José Lafuente y un par de amigos suyos, y por supuesto con María, la chica del hotel. Con ella estuvimos largo rato en el backstage en la zona habilitada para prensa, llena de sofás y bebida gratis y donde la gente hace de todo menos trabajar. La polla. Reconocemos que fuimos al Arenal exclusivamente por eso, porque además el cartel de este año dejaba bastante que desear. Conocimos a un montón de gente, simulamos ser fotógrafos y en definitiva pasamos una noche estupenda. Así sí mola el Arenal Sound, joder. Conseguimos dormir en la habitación de María a pesar de las amenazas de la psicópata de recepción, con la que aún tengo pesadillas, y el domingo volvimos a Madrid con la compañía de dos chicas de Blablacar muy majas a las que dimos una vuelta de una hora por Burriana (no teníamos ni puta idea de cómo salir) y a las que por supuesto llevamos a Honrubia, donde como no podía ser de otra forma, fueron felices.

En Honrubia. Las caras lo dicen todo.

En Honrubia. Las caras lo dicen todo.

Valencia… otra vez

Y otra vez la A3. Otra vez la puta fábrica horrible, por enésima vez en el verano. En esta ocasión con mi Chicalvo y Cris para visitar a Marta y David, unos amigos de Manchester. La idea era ir a la playa de día y salir de fiesta por la noche, un fin de semana de relax y diversión rememorando tiempos del norte. Pero el tiempo no acompañó y nos tuvimos que conformar con hacer un poco de turismo y vida nocturna con la compañía del Jaque Mate. Ah, e ir a Mestalla a la presentación del Valencia, un plan de mierda convertido en fabuloso gracias a Francesco Totti, el único e irrepetible Capitano de la Roma. El finde fue breve pues el domingo me tuve que volver antes a despedirme de mi abuelita, grandísima persona que ya se encuentra en un lugar mejor. Snif snif.

Con Gayá y Feghouli

Con Gayá y Feghouli

Las siguientes dos semanas fueron tranquilas en cierto modo, trabajando en Madrid e instalado en la paz y armonía de Navacerrada. Como ya va siendo tradición cada verano, jugamos la maratón de fútbol en el camping de los Abad, nos disfrazamos, e hicimos todas las bazofias divertidas que se suelen hacer allí.

Agosto iba llegando a su fin y con él el verano. Pero faltaba la guinda. Faltaba Estambul.

Estambul. De Constantinopla a la Cappadocia

IMG_2444El tranvía desciende las calles llenas de vida, haciendo desaparecer a la gente con su bufido. Decido bajarme en aquel lugar, no sé por qué. Y empiezo a caminar, sin ningún rumbo fijo. Sin un destino. Sin una hora. Sin nadie que me diga nada. Con absoluta libertad. A mi derecha, una escalera multicolor, que asciende y asciende llamativa sin que nadie acepte su reclamo. Más adelante, una cuesta tiene su origen en un grupo de ancianos jugando al Backgammon. Parece tranquilo, y tranquilidad es lo que busco. Avanzo y avanzo y a mi paso dejo calles antiguas, dejo un barrio que se abre camino ciudad adentro. Los niños juegan y se persiguen y a ambos lados, negocios locales muestran sus bondades. Talleres que parecen desguaces, galerías de arte particulares, gatos callejeros que se cuelan por las ventanas, vegetación que se come la calle. Al fondo, una figura se levanta, lejana. Es la torre Galata. Agradecido por este golpe de suerte, este giro maravilloso de Fortuna, olvido el cansancio de tantos días de andadura, de tantas imágenes guardadas eternamente en la retina y consciente de que aún hay hueco para más, sigo adelante.

IMG_2503Y poco a poco aparece gente, turistas y locales, que me van recordando el lugar en el que ahora me hallo. Al fondo visualizo un tumulto familiar, una horda de vida de todo tipo que disfruta del tiempo libre que le ha sido otorgado. Y así es como aparezco en Istiklal, la calle comercial más larga de la ciudad. Ya no hay zulos artesanos ni teterías de barrio. Es momento de Zaras y de Starbucks. Es el contraste de Estambul. La ciudad de los Audis y los carros. De los velos y los tatuajes. De las iglesias, mezquitas y sinagogas. De los perros y los gatos. De los estresantes atascos y los tranquilos cruceros. De los dos mares. De los dos continentes. Y disfrutaré de la gente y de las calles, de los comercios y espectáculos. De la vida. Y cuando me canse, acudiré al puente y observaré esconderse el sol tras el Cuerno de Oro. Veré barcos llegar y barcas partir, gaviotas volar y pescadores pescar. Y en silencio, los cielos rojos se tornarán negros y miles de luces se encenderán. Allá a lo lejos, Estambul, la ciudad que nunca duerme. Allá a lo lejos Constantinopla, la ciudad que nunca muere.

IMG_2435El último viaje del verano (el más largo y costoso) fue a Estambul. Allí visité a mi buen amigo turco Ozan, con el que pasé el primer fin de semana. Cenamos en una terraza con vistas a la ciudad, desayunamos en el Bósforo, comimos kebab (nada que ver con los que se comen en Europa) y algún que otro plato tradicional, conocí a sus amigos, su novia y la vida nocturna de la ciudad. Los turcos son gente honrada, honesta y sobre todo tremendamente hospitalaria (no me dejaron pagar nada). Y lejos de lo que se pudiera pensar (por eso de que Turquía es fundamentalmente Asia e Islam), sus rasgos físicos son mediterráneos (al menos los turcos de Estambul), muy parecidos a los españoles. Eso sí, la lengua suena fea de cojones, rápida y agresiva. Y no tienen ni idea de conducir. Frenan en plena carretera si no saben adónde ir, se cambian tres carriles de golpe sin señalizar y sin importarles una mierda que vengan coches por detrás, se saltan líneas continuas cada dos por tres, no tienen ningún respeto por los peatones, los motoristas van sin casco por dirección contraria… Sin embargo, no vi ni un solo accidente o mísero golpe en nueve días, lo que me lleva a pensar que en realidad conducen de puta madre, y simplemente se pasan por el forro las normas y señales de tráfico.

Con los turquitos.

Con los turquitos.

En cuanto a la ciudad, Estambul es diferente a todas las demás. Se encuentra entre dos continentes, Europa y Asia, separados por un estrecho, el Bósforo, que une el Mar Negro con el Mármara. El dato oficial es que allí viven catorce millones de habitantes pero la realidad se acerca más a veinte. Y eso se nota mucho, tanto en las carreteras (con atascos a todas horas) como por las calles, repletas de gente las veinticuatro horas del día. De hecho, lo primero que pensé al llegar a la ciudad fue “¿Dónde cojones me he metido?”. Pero al final te acostumbras y te gusta, y sobre todo aprendes a valorar y disfrutar plenamente de la tranquilidad que puedes encontrar en determinados puntos de la ciudad, sea en un parque amurallado, un barco o en uno de los muchos puentes mientras contemplas la impresionante puesta de sol que cada día da paso a la noche.

El auténtico kebab.

El auténtico kebab.

Ozan se marchó a Georgia a trabajar y aproveché para visitar la Cappadocia. ¿Qué es la Cappadocia? Es el lugar más increíble que haya visitado jamás. ¿El más bonito? No lo sé. Pero desde luego el más original. Es difícil creer que pueda existir algo así. Ves cosas parecidas en películas y videojuegos. Sabes que es ficción, que no es real. Y resulta que vas a Turquía y te encuentras con algo que lo supera todo.

IMG_2183Sobrevolarla en globo al amanecer es una experiencia que toda persona debería experimentar una vez en su vida. Pueblos, ciudades, valles, erosionando figuras y creando hogares. Surrealista. El larguísimo viaje en autobús mereció la pena. Las expectativas, altísimas, fueron ampliamente superadas. Y encima ya volviendo y sin esperarlo pude ver el lago Tuz, una extensión de 1500 km² exclusivamente de sal. Tremendo.

IMG_9974De vuelta a Estambul, ya sin Ozan, el turismo sustituyó a la vida social y pude patearme y patearme la ciudad y disfrutar de todo lo que ella propone. Viajar solo es más aburrido, sí, pero es algo que todo el mundo debería probar. Una ciudad entera a tus pies y sin nadie que te diga lo que tienes que hacer. Haces lo que te sale de los cojones. Con absoluta libertad. Y eso hice. Andar y andar. Recorrerme calles aleatorias. Visitar el lado asiático. Exprimir el europeo. Y cuando me cansaba, visitaba el pub de blues y rock en directo donde trabajaba mi compañero de piso. Y si me apetecía, me tomaba una Efes viendo a la banda del día versionar a Pink Floyd o BB King. Y volvía a casa a descansar si me dejaba Guinness, la gata negra que pasó de amarme a desearme el mal. Y a ser despertado a las cinco de la mañana por ese llamamiento al rezo en forma de canto horrible que emiten cada día las mil y una mezquitas de Estambul.

IMG_2470

Y así, con la sensación de haber estado meses en Turquía y habiendo gozado muchísimo la experiencia, regresé a Madrid, sabiendo que acababa el verano, que no habría más viajes cercanos, que la rutina me esperaba. ¿Y os confieso una cosa? Me apetece. Me apetece mucho. Disfrutar de la familia, de los amigos, del trabajo, del Calderón, de La Naranja, de Malasaña, de la Troika y la Pinta. De Madrid. La rutina es una mierda, sí. Pero ya habrá tiempo de cansarse de ella.

Crónica de un viaje a Burdeos

“Deberías fabricar gofres de corcho de peluche”

Alejandro Arranz Chicharro, 3 de julio de 2015, Burdeos

IMG_9380

Bordeaux

Han pasado ya dos años desde que nuestro colegui universitario Álvaro Granados iniciase su aventura francesa en Burdeos, esa bellísima ciudad del sudoeste vecino a la que acertadamente algunos denominan como “Le Petit Paris”. Allí se fue siguiendo a una chica, como reconoció hace un par de semanas ante la prensa local, y allí se quedó montando un imperio de corcho al descubrir que se trataba de la ciudad de Francia con mayor índice de mujeres de entre 25 y 31 años. Nada que sorprenda viniendo de un chico que tacha países del mapamundi, y no precisamente por haberlos visitado.

Como es tan guapo y le echábamos tanto de menos, decidimos aprovechar la llegada del verano para visitarle. Para ello nos juntamos el que posiblemente sea el mayor grupo de subnormales que se ha visto junto jamás, y liderados por Chicalvo iniciamos un largo y apoteósico periplo hacia tierras gabachas. La primera cuadrilla, compuesta por el hermano hipster del gordo de Héctor, el gordo de Héctor, Chicalvo y un atractivo servidor, partimos del Barrio de Hortaleza de Madrid a eso de las diez de la noche del miércoles, previo paso por casa del señor Granados, pues los hermanos tenían un partido de empresa en el recinto al que da nombre el mejor entrenador de la Historia de España: Luis Aragonés. Allí conocimos a los chicos de Mindshare, grandes personas a las que dedicamos una canción de camino a Logroño, nuestra primera parada.

IMG_9356

Chicalvo, con el uniforme de trabajo

Llegamos sobre la una y media de la mañana y nos recibió nuestro guiri logroñés Torquemada para enseñarnos una ciudad que sorprendentemente no es nada fea. Tras hora y media de turismo nocturno y después de que Chicalvo nos contase la apasionante historia de cómo le pidió un aumento de sueldo a su jefe por ir a trabajar en bañador, dejamos el coche en el parking reservado para oficiales y dormimos en la residencia de la Guardia Civil. Así, de gratis.

A la mañana siguiente, aún sorprendidos por donde habíamos pasado la noche, dejamos atrás Logroño y cruzamos la frontera sin olvidarnos de visitar el Mercadona. Paramos en Biarritz por recomendación del señor González, recomendación reforzada por Chicalvo, quien por lo visto ahora sabe de todo. Parece que sí merece un aumento de sueldo. Y un injerto. Estuvimos poco tiempo, lo suficiente para que nos decepcionase, quizás por las altas expectativas que nos habíamos creado.

IMG_9398

Biarritz

Continuamos la marcha y por fin, veinticuatro horas después de haber salido de mi casa, arribamos a las afueras de Burdeos, la cosa más fea que he visto en mi vida. No teníamos GPS por lo que como era de esperar nos perdimos, pero como tres de los cuatro somos personas inteligentes conseguimos llegar a casa del fucker. No había pasado ni media hora desde el reencuentro lleno de besos y abrazos cuando el hijo de puta del vecino subió a quejarse de que estuviésemos hablando tranquilamente en el salón. Sin darle demasiada importancia salimos a dar una vuelta en bicicleta por el centro de la ciudad y pudimos comprobar que lo de la pequeña París le hace justicia. Calles llenas de encanto plagadas de locales franceses de todo tipo, plazas verdes, fuentes, tranvías, edificios impresionantes y un río enorme con orillas repletas de vida. Magnífico.

Españoles en Burdeos

Españoles en Burdeos

Volvimos a casa a cenar mierda, beber un poco y esperar la llegada del Sheriffo Richard y de Daniel Castaño, el mayor personaje de todos los tiempos. A pesar de la insistencia de Granados por no salir, acabamos pillando bicis y yendo al centro. No tardaron en llegar las primeras caídas y el primer “Españoles, ¿no?”, que nos dedican avergonzados nuestros compatriotas cada vez que hacemos un viaje al extranjero. Lógico. Entramos pagando diez euros a un antro asqueroso donde nos sirvieron matarratas y donde fuimos la novedad y atracción durante quince minutos. Pronto la gente se dio cuenta de nuestra imbecilidad y decidió que lo mejor era marcharse a dormir, por lo que nos quedamos prácticamente solos hasta que nos echaron para cerrar. De vuelta a casa, Chicalvo demostró que borracho puede ser aun más tonto que sobrio aunque sea difícil de creer, y Castaño se cayó por enésima vez con la bici, en esta ocasión para hacerse una herida profunda que le estuvo sangrando dos días y que bien pudo merecer al menos un par de puntos de sutura. La noche acabó ahí y Burdeos entera por fin pudo descansar.

IMG_9454

Duna de Pilat

El viernes “madrugamos” para visitar la Duna de Pilat, la más grande de Europa a la que rodea un bosque inmenso sin horizonte y una playa salvaje bañada por el Atlántico. Allí pasamos gran parte del día quemándonos los pies, mojándonos en el mar, comiendo bocatas y jugando con los cangrejos, graciosísimo animal sobre todo cuando está muerto. Un día relajante y productivo. Tomamos unas cuantas fotografías para corkup.fr y volvimos a Burdeos dirigidos por Granados y su conducción de Rally, quien nos estuvo dando vueltas por la ciudad hasta que decidió asumir su fracaso y tirar de GPS. Aléjense de Chicalvo, que contagia. Llegamos a casa, nos duchamos, cenamos unos maravillosos macarrones con chorizo, bebimos acompañados por Gandalf y nos fuimos a una discoteca inmensa. Para variar cogimos bicis por lo que el grupo se dividió en dos a los cinco minutos, cuando llegó la primera caída doble y Granados decidió tirar hacia delante demostrando que si el premio del Tour tuviese pechos lo ganaría pedaleando con la cola, su órgano decisorio principal. Aquellos que conseguimos seguirle llegamos al sitio llenos de sudor y sangre, pero lo compensó el poder entrar gratis y comprobar que estaba lleno de gente y salas con diferentes tipos de música. Una hora y media después llegaron los rezagados, aún sin saber cómo, y Chicalvo se hizo un esguince en suelo llano estando parado. A ninguno nos sorprendió. Estuvimos un largo rato bailoteando por allí hasta que nos dimos cuenta que habían echado a Héctor supongo que por alcohólico, momento en el que salimos a buscarle para irnos directos a casa. IMG_9467 El sábado teníamos pensado visitar un pueblo cercano lleno de viñedos, pero entre que nos levantamos tarde, estábamos cansados, el calvo tenía un esguince y no habíamos visto casi nada de Burdeos, decidimos quedarnos en casa a comer y visitar la ciudad con calma. Una vez más cogimos nuestras adoradas bicicletas y pedaleamos hacia el centro donde vimos poco más que el primer día. Degustamos vino, queso y foie francés, y nos tumbamos a tomar algo en el paseo del río.

IMG_9531

La Eurocopa de fútbol 2016 será en Francia

Se nos hizo de noche y los no lisiados volvimos a casa en bicicleta, disfrutando una vez más de la belleza de esa ciudad. Allí habíamos quedado con Alice, una chica de no sé cuántas nacionalidades a la que Chicalvo, Richard y yo habíamos conocido en el tranvía la noche anterior. Apareció sola y asustada, pues se encontró entrando en el portal de siete desconocidos extranjeros, pero como en el fondo somos buenos muchachos pronto la hicimos sentir como en casa. Ni siquiera le importó que Richard le sacara fotos con escaso disimulo como un auténtico violador. La idea era ir a no sé qué locales en unos barcos, pero se nos fue haciendo tarde y encima el hijo de puta del vecino llamó a la policía sin habernos avisado antes. Como es lógico nos tuvimos que ir, con Granados hundido y ya sólo pensando en una cosa: copular. Nos protegimos de la lluvia, huimos de un asesino, y fuimos abandonados por el propio Granados que se fue en bicicleta llevando a la chica a su casa.

IMG_9532

Los niños y Alicia en casa Granados

Anduvimos dirección al centro sin ningún plan en mente y nos encontramos con una house party. Fue una meada en una maceta de Castaño lo que hizo que entablásemos conversación con ellos y nos los fuéramos ganando poco a poco, hasta que por fin nos dejaron entrar. Así que nos encontramos a las cuatro y pico de la mañana en la casa de un negro cuyos amigos eran un surfero gordo y viejo, un rapero cuarentón demacrado y con náuticos, una especie de persona negra cuyo género desconocíamos y algún que otro espécimen, la crème de la crème francesa. Nos acogieron de maravilla, invitándonos a vino, Play Station y rapeándonos. Pas projet. Tenían un puto gato y como soy alérgico no tardé en irme a casa con Granados, que había aparecido por allí con Alicia sin haber conseguido su objetivo. La noche terminó más tarde para unos que para otros con un desayuno de alubias riojanas que habíamos adquirido en el Mercadona. Fascinante.

IMG_9550

La Concha, San Sebastían.

Dormimos lo que pudimos, recogimos y emprendimos el viaje de vuelta a España. Unos tuvieron que poner rumbo directo a Madrid, pues tenían que llevar a una señora hindú y a una especie de rumano que según nos cuentan se pasó el trayecto entero bebiendo cerveza, fumando y dando masajes. Otros tuvimos la fortuna de poder parar un buen rato en San Sebastián a comer helados y pinchos, y disfrutar de la Concha, sus calles y sus bares. Llegando a Madrid al bueno de Chicalvo le entró la vena sentimental y nos comentó que teníamos que hacer más viajes de estos, que nos echaba de menos. Supongo que todos pensamos lo mismo. Al fin y al cabo fueron cinco años juntos en CCInfo, tumbados en el césped bebiendo sangría, jugando a las cartas, comiendo jumpers y superando juntos los duros exámenes de la carrera de Publicidad y Relaciones Públicas. Sí, puede que por una vez y sin que sirva de precedente, Chicalvo tenga razón.

Caen los precios,

Sube el paro,

Y empresarios sin reparo,

Despiden gente.

Nada bueno,

Todo malo,

Los impuestos se destinan,

A los bancos.

Qué más da que los Estados,

Miren hacia el precipicio.

Deberíamos preguntarnos,

¿Qué hicimos mal al principio?

Viva la crisis

Si me sigues dando besos

¿Qué puede haber más importante que eso?

IMG_1530

Un gordo y un calvo.

Crónica de un viaje a Barcelona

Me levanté como cualquier otro día de noviembre, con el sonido de las obras de la comunidad picando mis sueños mañaneros. Me duché, me puse un chándal lamentable, encendí el ordenador, ojeé los diferentes portales de empleo e hice todas las mierdas (mirar al techo, observar la pared, etc) que suelo hacer cada día de entre semana desde que volví de Manchester y se acabó el verano. Y entonces recibimos un whatsapp de Ramón en el grupo de “Apostar a galgos mola mazo” (sí, mola mazo), proponiendo un viaje, pues tenía que pillarse sí o sí los dos días de vacaciones que le quedaban antes de que terminase el mes. La idea inicial era visitar alguna ciudad de Europa, posiblemente a la que más barata fuese ir en avión, y salió a la palestra Amsterdam vía Rotterdam. Ramón, Ray, Monxo, Manxo, Román, Wake and Listen, Ipod Humano o como se le quiera llamar, tenía ganas de visitarla pero dado que nuestros supuestos acompañantes, Gabisch y Girón, habían estado recientemente, decidimos ir a Barcelona, que no la conocíamos o la conocíamos poco, y al fin y al cabo es otra de las grandes ciudades europeas. Gabisch y Girón se cayeron del plan por diferentes motivos intrascendentes, y se unió Jacobo Wolfe, un viejo conocido del 101 malagueño, quien tardó cinco segundos exactos en contestar positivamente a la invitación con un “Estoy dentrísimo”. El viaje estaba en marcha.

6 horas, 37 discos, 423 canciones

IMG_8260

Se inicia la aventura el jueves por la mañana, después de esperar (cómo no) a Ramón más de media hora (aunque esta vez con excusa), con un servidor al volante y Wolfe como copiloto. El punto de origen era el mismo que el del 101 (enfrente del portal de Javi Cárdenas) así que nada podía salir mal. El trayecto se desarrolló sin sobresaltos, con la típica parada a comer menuses, bocadillos, y en algún caso croquetas frías valoradas en 1.50 euros la unidad. A pesar de la insistencia inexplicable de Ray con entrar a Zaragoza, donde no sé qué pollas se le había perdido, conseguimos llegar a Barcelona sin demasiados apuros y encontrar el parking donde dejaríamos el coche los tres días sin ningún tipo de problema y sin usar el GPS. Bravo. De ahí al hostal pillamos el metro, por primera y última vez en el viaje, pues como luego contaré entre nosotros surgió un pequeño romance con los taxis de la Ciudad Condal. En definitiva, fue un trayecto sin altercados, donde lo más destacable fue sin ningún tipo de dudas la locura musical que tuvo lugar en el coche. No exagero si digo que no escuchamos ni una canción completa y que en las últimas horas es posible que ni siquiera una pasase del minuto. Discos entrando y saliendo, quejas, ventanas abiertas, ruido… En definitiva, una jodida locura. Llevábamos alrededor de 40 cd’s y no dejamos ni uno para la vuelta.

Primeras horas: judíos y suecas

IMG_8192

El hostal estaba de puta madre. Con una habitación espaciosa para nosotros solos, muchos baños muy limpios y modernos, salón, una preciosa terraza donde desayunar y observar a la vecina de turno, e incluso un ajedrez con el que revivir las míticas partidas Karpov-Kasparov solo que con un nivel un poco más alto. Lo primero que hicimos fue salir a buscar un sitio donde cenar y tomar algo, pero lo que acabó pasando fue que nos topamos con un señor aragonés que afirmaba llevar viviendo 40 años en Barcelona y no tener ni un solo amigo. Lo decía orgulloso, porque en palabras suyas, los catalanes “son como judíos”. Ahí queda eso. Tras media hora de compañía, de ver como nos dibujaba mapas inútiles en servilletas y de conocer a su mujer, a la cual maltrataba verbalmente, conseguimos zafarnos de él, por supuesto sin hacer ni caso a sus indicaciones. Después de preguntar a un par de chicos jóvenes en una tienda de comics, conseguimos llegar al barrio de Barna. Nos metimos en un bar que estaba completamente vacío a comer y beber algo, y nada más entrar se nos acoplaron dos suecas y una austriaca con las que compartimos mesa y a las que Ramón demostró que por saber sabe hasta de grupos suecos que no conocen ni en su país. Wake and Listen en estado puro. Tras ir de bar en bar practicando el inglés y conociendo a un montón de gente guay a la que no volveremos a ver, acabamos en la Plaza Real como cada noche a partir de entonces. Ahí decidimos que estábamos cansados y nos fuimos a dormir. En taxi, por supuesto. Sería el primero de muchos.

Turismo de mierda y el mejor puerta de la historia

IMG_8204

Al día siguiente nos levantamos con calma, sol y buen tiempo, así que tras un desayuno agradable por clima y vistas, salimos a dar un paseo por la ciudad. Lo primero que visitamos (tras un peligroso camino donde casi atropellan a Ramón por tercera vez en menos de veinticuatro horas) fue la Sagrada Familia, un edificio impresionante aunque demasiado tapado por las obras. Allí intentamos sin éxito una especie de selfie triple. Como habíamos paseado mucho (unos veinte minutos) nos entró el hambre, por lo que decidimos ir al buffet libre de Wok que teníamos cerca de casa, al lado del Arco del Triunfo. Por el camino surgió una idea que puede marcar un antes y un después de cara a los viajes venideros: las llamadas gili fotos, fotos sin ningún tipo de sentido, de cosas que carecen de interés.

IMG_8262                        IMG_8193

Nos hinchamos a comer en el Wok y repusimos fuerzas para visitar el parque de la Ciudadela y llegar hasta la playa. Tras recorrer el paseo marítimo encontramos el Casino al cual me negué a entrar, a pesar de la insistencia de los otros dos, y finalmente cogimos un taxi para ir un rato al hostal a descansar y a escuchar a Ramón no sé qué de un concierto de Mac Demarco y su crowd surfing. Por la noche quedamos con una de las suecas y sus amigos a celebrar el falso cumpleaños de Wolfe, por la misma zona del día anterior, y conocimos al mejor puerta de la historia: un tipo bajito y barbudo al que daba gusto ver expulsar e insultar a la gente y con el que pasamos un buen rato partiéndonos la polla con su humor absurdo y velocidad mental. En cierto momento de la noche me obligaron a coger otro taxi e ir al Casino. Paradójicamente, el único que no quería ir fue el que ganó dinero, que invertí en otro taxi de vuelta a casa. Cuando nos dejó enfrente del hostal, nos dimos cuenta de que teníamos hambre y cogimos ooootro taxi más en dirección al McDonalds que supuestamente abría 24 horas. Como estaba cerrado, el mismo taxista nos llevó a un bar nocturno lleno de niños del barrio Salamanca catalán, donde comimos unas hamburguesas riquísimas. Antes de entrar, por cierto, una chica que estaba siendo muy maja nos llamó “mandriles” y nos mandó a paseo incomprensiblemente cuando se enteró de que éramos madrileños. Para ser justos, he de decir que fue la única persona que tuvo problemas con eso. Los demás, majísimos todos. La noche acabó ahí, por supuesto con un nuevo taxi de camino al hostal.

IMG_8206

Sobre taxis, taxistas y la teoría de los dos mundos

Por qué cogimos tantos taxis en tres días se debe a dos razones. La primera de todas, porque nos costaba prácticamente lo mismo un taxi entre tres que un viaje de metro para cada uno. Como mucho uno o dos euros más entre todos. Es decir, que no es que seamos millonarios derrochadores (que también, pero que no es el motivo). La segunda, que los taxistas de Barcelona molan mucho. Muchísimo. El primero que cogimos, un sudamericano más o menos joven, nos contó que una vez una chica le pagó en carnes, en plan película porno, de esas que yo no veo pero que me han contado que pasan cosas de estas. Otro era muy aburrido pero iba medio borracho, lo cual resulta divertido de otro modo. Y otro, el más molón de todos, era un cachondo mental y tenía la teoría de que deberían existir dos mundos, o dos ciudades, o dos lo que sea, con el objetivo de separar a la gente normal de los imbéciles. Esto nos lo contó a raíz de un tipo que paró la furgoneta en medio de la calle para abrir el maletero y volverse a meter al instante. No recuerdo exactamente cómo nos lo explicó pero se veía que le había dedicado horas. O no, quien sabe. Eso sí, ninguno sabía encontrar la calle del hostal sin ayuda del GPS. En eso sí que ganan los taxistas “mandriles”, que diría la zorra esa.

taxi barcelona

Sobre Pandas y Ladrones en la Rambla

El sábado se levantó lluvioso. Curioso, pues era el único día que estaba previsto sol (muy bien meteorólogos, muy bien). Habíamos pensado en ir al parque Güell, ese de Gaudí tan chulo, pero entre que llovía, estaba lejos y había que pagar 8 euros (para esto sí somos pobres), al final decidimos que era mejor verlo por fotos en Google. Lo que sí teníamos claro es que debíamos ver la Rambla, si es que no la habíamos visto ya, porque sinceramente no teníamos ni idea de donde estaba y nos daba mucha vergüenza preguntar. Primero nos recorrimos todo el barrio de Barna (de día), el barrio Gótico, Ciutat Vella y alrededores, todo calles estrechas y con encanto. Entramos en una tienda vintage donde a Ramón le dijeron que estaba muy guapo con una chaqueta así que no le quedó más remedio que comprársela. Aunque la verdad es que sí, está muy guapo. Y al salir de la zona paramos a comer un menú barato en un sitio con muy mala pinta de donde salimos con dolor de estómago. Pero como somos muchachos fuertes seguimos caminando con el objetivo de encontrar la famosa Rambla, objetivo que por supuesto logramos, porque somos unos campeones. La bajamos entera y descubrimos que sí, que ya habíamos estado la primera noche. Lo supimos por el McDonalds, como buenos gordos. Después de esto nos fuimos al hostal a descansar y por la noche quedamos con Inés, una madrileña pilarista muy loca que trabaja por allí. Fuimos a saludar a nuestro amigo el mejor puerta de la historia, y después un oso panda nos “regaló” infinidad de chupitos de Tequila y Jäger en un bar de señores mayores y camareros de bigotes extravagantes. Al fin fuimos a Razzmatazz (en taxi, obviamente) el sueño de Ramón y por lo visto de unas chicas canadienses, donde pinchaba el hermano de no sé qué tío famoso, pero no entramos porque valía 20 euros y porque no nos dejaron y porque no estábamos en las listas a pesar de que Wake and Listen trató de tirar de falsas influencias. Cogimos otro taxi para ir a no sé donde, donde tampoco entramos. Y otro taxi más para ir a comer perritos y bollos grasientos y cremosos. La noche acabó en la Rambla, a pesar de los consejos de no sé quien sobre no entrar en ella de madrugada porque te roban. Y efectivamente, nos robaron. Nos robaron la bolsa de Pelotazos que estaba engullendo cual tío obeso que trata de recuperar en un día los 6 kilos perdidos por la salmonelosis que acaba de padecer. Y además fueron unas niñas, posiblemente menores, que iban medio desnudas. Terrible final para la última noche en Barcelona. O eso creía hasta que en el taxi de camino a casa y vía Twitter surgió un affair con Andrea Wendel, en lo que puede ser el inicio de una bonita relación.

IMG_8247

El domingo nos levantamos tarde (se cagaron en nosotros los del check out) e iniciamos el camino de regreso a lo que cada uno llamara su hogar, por supuesto cogiendo el último taxi hasta el parking donde teníamos el coche. Esta vez el copiloto fue Ramón por lo que pudimos escuchar canciones enteras y por lo que el trayecto fue más aburrido que en la ida. Aunque quizás sea porque siempre da pena que se acabe un viaje así, en el que no hay planes previstos y en el que te rodea buena y divertida gente. Sí, supongo que será eso.

 Epílogo

La de un pirata es la vida mejor,

Se vive sin trabajar.

Cuando uno se muere,

Con una sirena,

Se queda en el fondo del mar.

IMG_8212

Con una lona azul

Gordo de mente, o cómo descubrir que eres obeso sin mirarte en el espejo

           Yo antes era una persona delgada. Demasiado delgada incluso. Un tipo fino. Mis abuelas me cebaban a bollos, sí, es cierto. Y yo los comía con gusto, también es cierto. Pero hacía bastante deporte e iba a todas partes andando, con lo cual me mantenía en forma.

Luego llegó la universidad, me compré una moto para ir de puerta a puerta y empecé a hacer menos deporte, y aunque mis abuelas ya no me compraban bollos eso a mi me daba igual. Me los compraba yo solito. Y me los comía, también yo solito. Pero no sé por qué seguía sin ser gordo. Mi madre me decía que tenía la constitución de mi padre, que podía comer lo que quisiera y no engordar. Maldita zorra mentirosa.

Llegó el Erasmus en Lille, una ciudad con más Kebabs que habitantes, y tiendas de gofres en cada esquina. Y encima descubrí el puto Lidl y sus ofertas casi regalando kínder buenos, m&m’s, tabletas de chocolate, golosinas… Claro así pasaba que abría mi despensa y caían gofres. Literal. Con Bélgica al lado las cervezas no faltaban, y encima los putos franceses solo venden pintas. Total que un desastre. Cambié el hacer poco deporte por hacer cero deporte y así fue como empezó a crecerme un abdominal de seis meses de gestación. “Ya adelgazaré cuando se termine el Erasmus”. Los cojones.

“Aii mi pobre niño que mal ha estado comiendo allí en Francia, verás la comidita casera más rica y sana que te hacemos aquí”. Toma cacerola de cocido. Y toma puchero de lentejas. Y toma solomillo. Y toma otro solomillo. Y así sin darme cuenta llegaron las navidades y mi amigo el señor abdominal ahí seguía. Y aquí sigue. El otro día corrí dos metros exactos para coger el ascensor y acabé chorreando. Cuando subo las escaleras del garaje la fatiga me impide hablar. Y cuando me canso apoyo los brazos en mi barriguita. Le estoy cogiendo cariño y eso no me gusta.

Pero dejando el físico de lado, porque el físico no es lo importante, gentuza, cuando realmente me di cuenta de que era un gordo fue hace escasos veinte minutos.  Estaba mirando fotos del Erasmus en mi computadora y me fijé en la carpeta de mi visita a Bruselas, titulada “Bruselas” (genio). En ella tan solo hay ocho fotos. Ocho. 8. Las cuales voy a poner tal cual para que de verdad entendáis el porqué de mi preocupación.

1. Una fuente de chocolate con una pinta estupenda.

Imagen

2. Un video de mierda de la Grand Place de Bruselas, el cual no voy a subir porque carece de interés.

3. Réplica de gran tamaño del Manneken Pis (niño haciendo pis típico de la ciudad) comiendo un gofre, en la puerta de una gofrería.

Imagen

4. Dieciocho tipos de gofre expuestos en una tienda.

Imagen5. Yo comiendo un gofre de manera muy sensual, al lado del niño comedor de gofres.

Imagen

6. De nuevo yo al lado del niño, comiendo el gofre, y mirando la cámara la cual me comí después.

Imagen

7. El cartel del Delirium, bar popular de la ciudad.

Imagen

8. Un puesto de caracoles hervidos, que no comí.

Imagen

Y así es como descubrí que era un gordo mental.